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La barra del Blue Parrot

EL VUELO DEL KAMIKAZE

EL VUELO DEL KAMIKAZE

Era el invierno del 2006. Le conocí una noche en Madrid, en un pequeño y tranquilo bar, con nombre de título de bolero, en la zona de Huertas. Uno de esos locales que por fuera parecen anodinos, pero que una vez dentro te hacen sentirte rodeado de una atmósfera especial. No sé muy bien por qué entré, probablemente porque parecía estar casi vacío, y eso concordaba perfectamente con cómo me sentía aquel día.

Al llegar ni siquiera me fijé en él, sólo le vi después de haber pedido una copa, encender un cigarrillo y dejarme llevar por la tenue luz y la suave música de jazz que daban personalidad al local. Estaba sentado solo en un rincón, escribiendo en una especie de agenda o diario de tapas de papel envejecido, con unos libros, un paquete de tabaco, un cenicero a medio llenar y una copa sobre la mesita baja que tenía delante de él.

No era ni muy alto ni muy bajo, ni guapo ni feo, ni demasiado joven ni demasiado viejo. El típico tío que no llamaría mi atención cuando se entra en un local de moda, pero en el que te terminas fijando si te tomas el tiempo suficiente para volver a mirar al cabo de un rato. Tenía el pelo castaño oscuro, ondulado y no demasiado largo, una nariz que dotaba de personalidad al rostro y una barba incipiente que endurecía en parte sus rasgos. El jersey negro de cuello vuelto y un gesto un tanto sufrido en su cara le otorgaban una apariencia melancólica, entre duro y bohemio.

Pero fueron sus ojos los que me llamaron la atención, o mejor dicho, lo que sus ojos transmitían. En ellos parecía habitar un fulgor especial, pero no de forma fija, sino que ese brillo ascendía y descendía mientras el mensaje que se podía leer en aquella mirada parecía pasar de la ilusión a la tristeza más profunda. No eran unos ojos grandes, ni unos ojos perfectos según el canon estético que impera, pero eran ojos vivos, ojos que han vivido. Como esas joyas antiguas, quizás desfasadas, que no terminan de ajustarse al gusto de hoy pero que están dotadas de un halo especial que te hace fijarte en ellas y atrapan tu imaginación al pensar en la cantidad de historias que habrán protagonizado.

Escribía y fumaba a la vez, completamente absorto y aparentemente ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Sólo de vez en cuando levantaba la cabeza y su mirada se perdía a través de las cristaleras del local hacia la calle poco iluminada.

-“O es un poeta, o el típico “culturetas” que juega a filósofo, o uno más con mal de amores.”– Pensé según le miraba.

Pero había algo más en él. Algo que no terminaba de entender en su gesto y que despertaba mi curiosidad. Dentro de ese aire melancólico que le rodeaba se adivinaba algo más profundo, como una fuerza o una determinación desconocida y que me empezaba a intrigar.

-“Eres tonta.” – Me dije.

-“Si te acercas y le preguntas, seguro que te da una explicación de lo más anodina y vulgar sobre lo que hace… eso si no se trata del típico que se dedica a ligar poniendo esa pose interesante.”

Decidí dejar mi imaginación tranquila, encender otro cigarrillo y concentrarme en el tema de Miles Davis que comenzaba a sonar en ese momento.

Se llamaba Falco. Su apellido nunca lo supe, como no supe jamás tantas cosas que debía atesorar en su interior.

Ahora, pasado el tiempo, me sigue pareciendo increíble que se pueda llegar a saber tanto de alguien, y a la vez desconocer los aspectos más básicos y cotidianos de esa persona.

-“Me estoy confesando antes de irme”.- Fue la respuesta que me lanzó, acompañada de una leve sonrisa, a mi pregunta de qué hacía escribiendo tan concentrado.

Reconozco que su frase me desconcertó. No era algo que me esperase.

Cuando finalmente me dejé llevar por mi curiosidad y me acerqué a él con la copa en una mano y el cigarrillo en la otra, estaba preparada para escuchar cualquier otra cosa, menos algo así.

Mi primera intención fue reírme, pero algo me dijo que él estaba hablando en serio y reprimí esa muestra de incredulidad.

-“No, ahora fuera de bromas, ¿qué haces? ¿eres escritor? ¿es una carta para alguien?”- comenté, intentando usar un tono curioso pero algo desenfadado.

Él levantó de nuevo la vista de sus papeles y me miró con esos ojos suyos, ahora con expresión de cansancio y cierta tristeza.

–“¿No has visto nunca a un hombre decir adiós?”- me dijo lentamente.

Aquella respuesta lanzada, mientras seguía con mis ojos pendientes de su mirada, me dejaron sin palabras. Intenté balbucear una disculpa y volver a la barra un tanto avergonzada, pero él, al mismo tiempo que hacía un gesto tranquilizador con la mano, continuó: -“Siéntate si quieres, no estoy escribiendo sobre nada inconfesable”.

Cerró su agenda y apartó los libros para dejarme espacio donde apoyar mi copa.

Me acomodé a su lado mientras intentaba darle una explicación sobre mis actos:

-“Perdona, es que te vi aquí, escribiendo tan concentrado, que me ha llamado la atención. Ahora es raro ver gente hacerlo, y más si es en un sitio como este.”- hice una pequeña pausa y proseguí: -“Tengo un defecto, y es que soy muy curiosa, si algo me intriga, me invade la necesidad de saber por qué sucede.”-

Él me escuchaba asintiendo, mientras su mano izquierda jugaba con una alianza dorada que llevaba en el dedo anular de la mano derecha.

-“¿Estás casado?”- dije sin pensar.

-“Si… estoy casado… o eso quiero creer”- respondió él en tono triste, mientras bajaba los ojos y se miraba el anillo.

-“¿Problemas sentimentales? Bienvenido al club.”- comenté, intentando utilizar un tono distendido. –“Por cierto, mi nombre es Ariadna.”- le extendí mi mano en señal de saludo, quizás por preservar un poco su intimidad, y la mía, en vez de intentar el par de besos tan habitual. Él la tomó entre las suyas, y mirándome a los ojos me dijo: -“Un placer conocerte, Ariadna… un hermoso nombre mitológico, aunque su historia de desamor con Teseo no sea tan bella”.

-“Bueno, estas cosas pasan, lo importante es poder decir al final que fue bonito mientras duró.”- lo dije con una media sonrisa e intentando mantener cierto aire desenfadado.

-“El recuerdo de lo que fue bello y fue bueno.” Me respondió, mientras tomaba un nuevo un cigarrillo del paquete encima de la mesa.

-“¿Eso es de una canción de Serrat, verdad?”-le contesté.

-“Si…”- me dijo con un gesto que luchaba por parecer sonrisa. – “Lucía.”-

En ese momento dudé si prolongar más la conversación. Parecía evidente que no era un tipo que intentaría ligar conmigo, lo cual agradecí profundamente, pero no estaba muy segura hacia dónde podría seguir una charla como esa. Pero algo dentro de mí deseaba saber más de él, conocer el por qué de ese brillo en sus ojos y, aún más, de aquello que se ocultaba más profundamente tras ellos.

Mi parte más racional me avisaba que tal vez no me gustaría lo que a lo mejor descubría, pero mi curiosidad se había desatado desde que había visto aquella dichosa mirada suya.

Él también pareció dudar de seguir la conversación, como un tanto reticente a abandonar su improvisado aislamiento en aquel rincón del local. Finalmente, con un ligero suspiro, volvió a observarme unos instantes hasta que se decidió a seguir hablando: -“Este es un sitio tranquilo, y la música es buena, uno puede estar concentrado aquí… estar solo sin estarlo.”- comentó, a modo de explicación.

-“Y fue donde hablamos la primera vez…”- continuó con un susurro y mirando de nuevo su alianza.

-“¿La quieres mucho?”- Me sorprendí a mi misma haciendo semejante pregunta. Él también pareció quedar impresionado con mis palabras, y con un ligero respingo subió de nuevo su vista y volvió a mirarme directamente. –“¿Y cómo no hacerlo si ella es el amor de mi vida, mi amor verdadero?”-. Lo dijo con una seriedad y una rotundidad que de nuevo reprimieron un primer impulso por mi parte de reírme. Y sus ojos. Mientras pronunciaba aquellas palabras pude ver en su mirada ese amor del que me hablaba, lo real que era para él, y la profundidad de ese sentimiento. Sentí vértigo.

-“¿Cómo estás tan seguro de que es así?, ¿Cómo puedes saber que ella es tu amor verdadero?, ¿Que no es una relación como otras que, supongo, habrás tenido?”- Conseguí cuestionarle a duras penas, mientras me recuperaba de la impresión que me había causado lo que vi en aquellos ojos.

De manera muy tranquila, las palabras empezaron a brotar de su interior al mismo tiempo que el fulgor volvía a sus pupilas: -“¿Has sentido alguna vez nacer en ti la sensación de la perfección?, ¿de encontrar a la persona que te hace sentirte pleno después de haber vivido mutilado, de ver florecer tu lado más sublime, tener la sensación de compartirlo todo junto a aquella a la que tu alma ha buscado desde el principio de los tiempos, la que es capaz de que des lo mejor de ti mismo?, ¿de sentir que, por fin, junto a esa persona, la existencia alcanza su verdadero sentido?, ¿sabes lo que es la plenitud de pasar del  “yo” al “nosotros”?, ¿la plenitud de la renuncia y de la entrega, de ser íntimamente consciente de desear la felicidad de la otra persona sin exigir nada a cambio, ni siquiera la felicidad propia? ¿la plenitud de dar por el mero hecho de haberme encontrado a mí mismo?, ¿sabes lo que es, por fin, saber que has alcanzado a sentir lo que es el AMOR, por encima del espacio, del tiempo o de la propia materia?”.- Me estremecí. No, no era la mirada de un loco, ni siquiera la de alguien alterado o en exceso vehemente. Era la mirada de alguien de verdad enamorado, de alguien que, mientras habla, está viendo la imagen de su ser amado con los ojos bien abiertos.

Me recuperé un poco a tiempo de comprobar que él me miraba como esperando alguna respuesta por mi parte. Yo podía entender en cierta medida lo que me acababa de decir, pero a mis 35 años jamás había llegado a sentir algo así. Incapaz de argumentar algo y, lo reconozco ahora, con una punzada de envidia, decidí contraatacar: -“¿Y si todo eso es así, por qué estás aquí solo?”- A su rostro volvió el gesto triste mientras me contestaba: -“Mi amor, por grande que sea, no deja de ser humano, y por lo tanto imperfecto. Muchas veces, el más elevado sentimiento no llega a la persona amada porque no sabemos expresarlo, de forma que toda la calidez, la paz, la pasión y la ternura que queremos transmitir llega diluida… y el amado, al no sentir en plenitud nuestra respuesta, languidece, cae, se levanta, y de nuevo busca a su alrededor…”- Al terminar sus palabras, bajó la mirada y se movió para encender un nuevo cigarrillo.

-“¿Entonces?, ¿os habéis separado?”- pregunté con una mezcla de vergüenza y tristeza.

-“Nos hemos dado un tiempo”- me dijo sin levantar la vista mientras volvía a jugar con la alianza de su dedo anular.

-“¿Para saber lo que quiere?”

-“Para saber a quién quiere.”

Me quedé helada… de nuevo no me esperaba algo así. Hasta ese momento había pensado que estaba ante alguien que pasaba un mal momento con su pareja. Uno de esos momentos de duda en el que los miedos, las obligaciones, la rutina y la convivencia diaria nos hacen plantearnos la vida, y un temor irracional sale a flote, nos confunde, incapacitándonos para avanzar en nuestro camino vital y en nuestros afectos.

-“Eso quiere decir que… ¿hay otra persona?”

-“La hay”- contestó sin levantar la vista. -“Alguien con quien ha sentido la alegría, el cariño, la admiración y el deseo que yo no he sabido transmitir”- continuó.

No acerté qué responder… me pude imaginar la situación en la que se encontraba, pero me sentía incapaz de dar una palabra de ánimo o de hacer el típico comentario para quitar hierro al asunto. Me di cuenta que dijese lo que dijese, sonaría a palabra hueca, y decidí respetar su dolor con mi silencio.

Él se levanto de pronto, aplastando a la vez el cigarrillo en el cenicero, y comenzó a recoger sus cosas.

-“Creo que por esta noche ya has escuchado bastantes penas… lamento no haber podido regalarte una conversación más animada.”- dijo mientras se ponía su cazadora y recuperaba de la mesa su cuaderno y sus libros.

-“Ha sido un placer hablar contigo, Ariadna, aunque temo haberte aburrido con mis cosas.”-

-“Para mi también ha sido un placer, Falco.”- dije, a la vez que estrechaba la mano que me ofrecía en señal de despedida.

-“Ánimo y suerte.”- añadí, mientras él ya salía del local.

Me quedé sentada, mirando la puerta por la que acababa de marcharse, mientras mi cabeza intentaba asimilar todo lo que había sucedido desde que se me había ocurrido entrar en aquel bar.

Sentí pena por él, por su dolor desgarrador, por ese amor tan grande que le desangraba. Y sentí pena por mí, por mis miedos, por mi manera de escapar siempre, por mi soledad, por mi incapacidad para vivir un sentimiento como el suyo. Y sentí pena por todos, por una sociedad en la que hemos perdido la capacidad de dejar aflorar nuestro yo más íntimo, la capacidad de entregarnos, la capacidad de mirar las cosas con ojos de niño, con inocencia, con ilusión… Y también tuve envidia de su amor. Y de ella. Por un momento tuve envidia de ella.

No dormí bien. Últimamente no lo hacía, pero aquella noche no pude desprenderme de la imagen de aquellos ojos que pasaban de reflejar la mayor de las ilusiones a transmitir una infinita pena. El día me pasó como en una nube, incapaz de concentrarme en nada, como esperando algo. Al caer la noche, los pasos me llevaron, no sé muy bien cómo, de nuevo a la puerta de aquel bar. Llovía, pero encendí un cigarrillo sin atreverme a entrar, dejando que el agua cayese sobre mi pelo, empapándolo. ¿Qué hacía?, ¿Qué esperaba encontrar allí?, ¿Saciar mi curiosidad sobre su historia o algo más?, ¿quería zambullirme en la profundidad de aquellos ojos y descubrir lo que ocultaban en su fondo?, ¿quería saber, tal vez, después de 35 años y tantas historias fallidas, lo que significaba AMAR?.

Tiré la colilla al suelo, la pisé con mi bota haciendo girar la suela una y otra vez y, resuelta, entré en el local. Nada más cruzar la puerta respiré hondo y miré a mi alrededor: La misma sensación del día anterior, La misma atmósfera, la misma luz tenue, el mismo jazz… y el mismo rincón donde, de nuevo, estaba él.

En aquella ocasión el “hola Falco” y el “hola Ariadna” surgieron de forma natural, como si encontrarnos allí formase parte de la rutina habitual de nuestras vidas. De nuevo el amistoso apretón de manos y de nuevo su invitación a sentarme.

Aquella noche descubrí más de su historia. Cómo se conocieron, la familiaridad que sintieron al hablar, la confianza, la calidez, la facilidad, la complicidad… los sentimientos que ambos sintieron renacer, las sensaciones nuevas que experimentaban cada día que se veían. El primer beso, “su nochevieja”, la primera vez que hicieron el amor, las lágrimas de alegría, la isla de Lanzarote, la sensación de haber encontrado lo siempre anhelado…

Y a través de aquellos ojos y de aquellas palabras me fui adentrando en su mundo mágico, acompañándole en aquel viaje entre los recuerdos, que brotaban de él con calidez, con ternura y con cierta melancolía, pero con la convicción de tratarse de algo real, de algo todavía vivo y presente, no de imágenes del pasado.

Compartí con él la ilusión de cuando decidieron vivir juntos, de “descubrir” su casa en una tranquila zona de Madrid, de cómo hicieron el amor nada más firmar el contrato. La compra de muebles, los bricolajes, los viajes, los sueños compartidos a ritmo de una canción de Serrat.

Y también fui descubriéndola a ella, a su “pajarillo”, como él la llamaba casi con lágrimas en los ojos. Su pasado, su familia, sus amigos, su forma de ser, su fuerza, sus miedos, sus dolores, su búsqueda permanente.

Aquella noche, a través de aquellos ojos y de aquellas palabras, entendí un poco más el camino del amor, de lo que significa sentir que la vida es aridez, y piedras, y vacío. Que el sendero agota, desespera, mina, nos recuerda a cada paso la soledad del caminante. Y entendí lo que significa encontrar, en medio de ese desierto de sentimientos, una flor, una rosa roja, tu propia rosa. Esa rosa que es más bella por estar bañada por el rocío de la mañana y contrasta con el secarral que la rodea. Como el amor, que resulta más hermoso y más limpio cuando está humedecido por las lágrimas.

De nuevo fue él quien me hizo regresar de esa especie de trance hipnótico en el que me encontraba:

-“Tengo la sensación de estar aburriéndote con mis cosas, no tengo arreglo, lo siento”- me dijo con una leve sonrisa de disculpa.

-“Al contrario Falco, me encanta que estés compartiendo conmigo algo tan personal.”- contesté acercando mis manos para tocar las suyas.

Él se desprendió del contacto, encendiendo un nuevo cigarrillo. Las volutas de humo rodearon su rostro mientras me miraba.

-“Gracias.”- dijo con voz suave.

Para romper el impasse me fijé en su cuaderno y le pregunté: -“¿Y eso que escribes que son?, ¿poemas?, ¿cartas?”-

-“De todo un poco”- me contestó. –“Hace años, en una época en la que estaba solo, durante las vacaciones en las que me marchaba a bucear, aprovechaba las noches junto al mar para escribir en un cuaderno, al que titulé  “el diario del peregrino”. En él reflejaba mis impresiones, mis ideas, mis miedos y mis miserias. Una manera de hacer salir a la superficie todo aquello que guardamos oculto en nuestro interior y que nos lastra.”- hizo una pequeña pausa para volver a mirarme fijamente.

-“Este cuaderno es algo parecido, aunque ahora lo llame “el diario del kamikaze.”

-“¿Por qué kamikaze?, ¿esos no eran unos japoneses fanáticos que se inmolaban estrellando sus aviones?”- respondí sorprendida.

-“Era gente normal, como tu y como yo, con una causa para vivir y una causa para pelear. Y lo hacían incluso frente a los acontecimientos en su contra. La única cuestión es que se rebelaban contra la sensación de impotencia, de verse arrastrados, se rebelaban contra la humillación y lo denigrante de verse rendidos y sin respeto. Finalmente, lo que distingue a un kamikaze de otra persona, es que se reserva el derecho de decidir por sí mismo dónde y cómo libra su último combate. De optar porque el punto final no lo pongan otros, sino que lo pone uno mismo.”-

Estaba como agarrotada, mirándole fijamente a los ojos. Unos ojos que ahora mostraban determinación y entereza, pero no dureza. Al contrario, no dejaban de transmitirme cierta dulzura.

-“Yo no se rendirme, no puedo… no quiero. Pelearé por mi amor con todas mis fuerzas, aunque nadie me lo pida, hasta dejar mi último átomo de energía. Después, pase lo que pase, al menos sabré que lo di todo por quien amaba, y que mi pelea fue digna del amor que siento por ella.”- terminó de hablar e hizo ademán de recostarse en el asiento, como cansado tras liberarse de una tensión.

-“Creo que de nuevo te estoy abrumando con mis historias.”- dijo, más relajado, con una sonrisa.

-“Que va… sólo es… que no dejas de sorprenderme.”- estaba algo afectada por lo que me acababa de contar.

-“Te voy a aburrir, y acabaras escapando de aquí, como me suele terminar pasando con todas las mujeres.”- comentó con una mueca que pretendía resultar irónica, pero que evidentemente denotaba sufrimiento.

Se puso de pie de pronto, sin darme tiempo a reaccionar, y con la misma meticulosidad del día anterior, comenzó a recoger sus cosas.

-“No me voy a arriesgar a que pase, así que creo que es mejor que te deje terminar tu copa tranquilamente.”- añadió mientras guardaba el tabaco en su cazadora y me dedicaba una sonrisa.

-“Un placer de nuevo, Ariadna… y gracias por tu paciencia para escucharme.”- su mano de nuevo se acercó a mí, a modo de despedida.

-“Es un privilegio poder hacerlo, Falco”- contesté mientras nuestros dedos se unían y mis ojos miraban los suyos.

Encendí un nuevo cigarrillo mientras él salía del bar y me dedicaba un gesto de saludo antes de perderse en la oscura y lluviosa noche. La vidriera mojada del local y la tenue luz de las farolas, que se reflejaba en el agua, daban un toque irreal a la imagen del exterior. En mi interior sentía esa misma sensación de irrealidad.

Sus historias, sus vivencias, su amor y su dolor, todo ello se mezclaba con mis propias experiencias, mis sueños, con mis propios miedos y con mis propios deseos.

Quería saber más, necesitaba saber más. Había llegado demasiado lejos, había vislumbrado imágenes que ya no me permitían dejar que aquel extraño encuentro terminara así.

Aquella noche mis sueños se llenaron de imágenes de felicidad, de ilusiones compartidas en los que él y ella eran protagonistas, para dejar de serlo al instante mientras sus rostros se transformaban en el mío y en el de mis relaciones anteriores. Pero irremediablemente todo aquel baile onírico terminaba siempre en la instantánea de sus ojos, de su mirada, de su cara encuadrada por una cinta de seda blanca con un círculo rojo en su centro, que ceñía su frente y sus sienes.

En aquellos días, mi visita a aquel bar se convirtió en algo cotidiano y familiar, como el zumo de por la mañana, el último cigarrillo antes de apagar la luz de mi mesita de noche o la soledad de mi cama. Una rutina que me aliviaba de mi monotonía diaria: los atascos, mi trabajo, mis compañeros, mis comidas rápidas, mi agenda llena, mi contestador vacío… Cada vez con la misma duda antes de entrar y cada vez con la agradable sorpresa de verle a él, sentado en su sitio de siempre, con su cuaderno, sus libros y su sempiterno paquete de “Marlboro” a medio consumir. Y ese mismo aire melancólico. Y esa misma mirada. Esos mismos ojos. Sus ojos.

Durante cada una de las veladas que siguieron continuó mi particular viaje a Ítaca de la mano de sus historias. Fui participe de la organización de su boda, de las ilusiones y proyectos que fueron construyendo día a día, de los momentos tensos, de los momentos de apoyo mutuo, de comprensión y de intimidad más profunda. De mohines enfurruñados, de risas, de caricias, de besos. Estuve con ellos, bañada por el sol, la tarde de junio en que se prometieron, con las manos entrelazadas y un brillo mágico en los ojos, compartir sus vidas eternamente. Bailé junto a ellos la danza del amor, viajé al corazón de África transportada por sus ilusiones, me embelesé como él fotografiando el cuerpo desnudo de ella, soñé con los niños que soñaron tener, hice cuentas para comprar su casita en la playa, su refugio, junto al mar que tanto amaban, lloré de amor por ella con él… Y también vi venir los negros nubarrones, sus problemas en el trabajo, la incertidumbre que empezó a invadir la vida de ella, los silencios de él por no agobiar, la pequeña grieta que presagiaba la fractura.

Y compartí con él la vigilia de la noche en que ella no volvió a casa hasta el amanecer, y su intento de cambio, y la sensación de cómo la tierra se desliza bajo los pies, y la proximidad del abismo… y la caída al vacío.

Lloré la ausencia de ella, compartí con él la desesperación, los fantasmas, las noches eternas, la cama fría… las heridas de los recuerdos, las heridas de los hechos, las medias verdades, las mentiras, la horrorosa certidumbre de la presencia de otro. Me mantuve a su lado mientras sus sentimientos se plasmaban en versos y cartas, mientras inflaba globos de colores con los que alegrarla o elegía flores con las que regalarla. Sentí como mi corazón se partía y mi alma lloraba cuando él supo que su amor anhelaba otro amor, otras manos y otros besos. Me esforcé con él en demostrar lo mejor de si mismo, en expresar todo aquel caudal de amor que bullía en su interior. Intenté ser fuerte mientras él lo era, recé con él pidiendo fe para seguir creyendo en el amor, esperanza para seguir peleando y consuelo para ambos. Y finalmente le acompañé la mañana en que decidió alejarse para darle a ella su espacio. Para dejar volar a su “pajarillo” sin ataduras. Para entregarle su último regalo de amor: su propia soledad.

En otras circunstancias habría llorado. No sólo por él. No sólo por ella. Hubiese llorado también por mí. Por haber tenido la oportunidad de haber sentido, tan siquiera una vez, que alguien me amaba como amaba este hombre que me había abierto su corazón de aquella manera y me miraba con aquellos ojos.

Pero no sólo me adentré en aquella relación, mi viaje también me llevó a lo más íntimo de su alma, a sus anhelos personales, a sus sueños, a conocer su pasado, sus derrotas, sus armaduras y sus miedos. A escalar con él su acantilado, a mirar las puestas de sol, a subir a su barco y poner proa mar adentro, y a abandonarnos junto a las olas en la playa solitaria de una isla perdida.

Sus ojos me hablaron de egoísmos, de orgullos, de huidas, de perezas, de silencios y de ausencias. Pero también de nobleza, de amistad, de fuerza, de valores y de honor. Me transportaron a momentos de victoria y de derrota, de soledad y compañía, de amor y de olvido. Y finalmente me dejaron frente a la imagen de un cuadro que representaba un árido camino y una rosa, roja y viva, en su centro.

-“Ese camino es mi vida, y esa rosa es ella”- me dijo con calma mientras parecía mirar al infinito.

Sus palabras me hicieron volver al mundo real, a aquel bar de Huertas, y al rincón que ahora me era tan familiar.

Las emociones, las sensaciones y los sentimientos que ahora bullían en mi interior, removidos por aquella especie de rito iniciático que había vivido con él desde que le conocí, apenas me permitían hablar.

-“¿Y ahora qué?… ¿hay algo que puedas hacer o decir para recuperarla?”- conseguí preguntar.

-“Todo lo que pude hacer o decir ya tuvo su momento… si ella ya no lo sabe, ahora no tiene sentido. Es ella la que debe decidir, y yo sólo puedo esperar y confiar.”- sus palabras brotaron de su boca con tristeza, pero no con resignación.

-“Si he llegado hasta aquí no voy a rendirme ahora, debo tener fe y confiar en el amor.”- lo dijo mientras volvía a jugar, por enésima vez, con su anillo de boda.

-“¿Y después, y si a pesar de todo ella te deja, dónde irás, qué harás?”- la pregunta me surgió de sopetón, con cierta vehemencia, como para hacerle ver la inutilidad de empecinarse en una batalla imposible de ganar.

-“¿Después?. Esta pelea la emprendí a todo o nada… si recupero su amor recupero aquello que me da la vida… si pierdo… en el último instante, me quedará el consuelo de haber sabido lo que es amar”.- aquellas palabras las pronunció sin rabia, con madurada determinación, con una tranquilidad que daba miedo.

–“¿Dónde podría huir?” – prosiguió – “Si ella llena mi mundo, no puedo huir más que en ella.”

-“¿Entonces?”- pregunte casi sin aliento, aunque ya creía saber la respuesta.

-“Entonces yo tomaré la última decisión, aquella que nadie me puede robar… y emprenderé mi último vuelo”.- me habló mirándome directamente, y volví a perderme en aquellos ojos, a cegarme con su brillo, un brillo que se transformó en la imagen de un solitario avión, volando sobre el mar en dirección a una puesta de sol.

Bajé los ojos hacia el suelo, sin poderme mover, sintiendo que una tensión interior me agarrotaba, pero a pesar de esa sensación de parálisis que casi nublaba mis sentidos, aún pude oír sus palabras, muy suaves y delicadas, casi susurradas: -“Adiós Ariadna, ha sido un placer, como siempre… y recuerda una cosa… la mitología cuenta que, pese al dolor de ser abandonada por Teseo, al final Ariadna recibió el regalo de ser amada por el mismo dios Baco. Haz como ella… confía en que a ti también te espera tu dios.”-

Por primera vez desde que le conocí, sentí sus labios, delicadamente, besar mi rostro, pero no me atreví a mirar, ni pude mover un músculo. Y sólo escuché ya cómo la puerta del local se abría primero y luego se cerraba.

Aquella noche lloré. Derramé lágrimas de tristeza y de alegría. Mi alma abrió las compuertas que mantenían mis sentimientos embalsados, y estos se derramaron con fuerza, después de tanto tiempo contenidos. Llore por mí, por mi vida, por lo que había hecho y lo que dejé de hacer. Lloré por el amor, por el miedo, por la soledad. Llore por lo divino y por lo humano. Lloré por la hermosura de una puesta de sol y por el horror de una ciudad deshumanizada. Lloré por los que son conscientes y por los que no quieren ver nada. Lloré por él, por ella, por todos aquellos que nos sentimos perdidos en el camino. Y lloré por un mundo que no nos deja llorar.

No era ni muy alto ni muy bajo, ni guapo ni feo, ni demasiado joven ni demasiado viejo. El típico tío que no llamaría mi atención cuando se entra en un local de moda, pero en el que te terminas fijando si te tomas el tiempo suficiente para volver a mirar al cabo de un rato. Tenía el pelo castaño oscuro, ondulado y no demasiado largo, una nariz que dotaba de personalidad al rostro y una barba incipiente que endurecía en parte sus rasgos. El jersey negro de cuello vuelto y un gesto un tanto sufrido en su cara le otorgaban una apariencia melancólica, entre duro y bohemio. Pero fueron sus ojos los que me llamaron la atención, o mejor dicho. Lo que sus ojos transmitían.

Él amó con esos ojos. Amar con los ojos cerrados es amar ciegamente. Amar con los ojos abiertos tal vez sea amar con locura: es aceptarlo todo, las virtudes y los defectos, lo bueno y lo malo, apasionadamente. El amó como un loco.

Nunca volví a verle. Regresé al bar varios días más, pero su rincón, que ya era nuestro rincón, permanecía vacío.

Jamás supe cómo terminó su relación, si ahora será feliz, si ella volvió a ser el centro de su vida, y aquel tiempo que compartimos no es para él más que una parte de un mal sueño para olvidar. O finalmente tomó su decisión, y en plena derrota optó por el último gesto de orgullo, y emprendió aquel solitario vuelo.

La vida se complace en jugar con nosotros como si fuésemos muñecos, y algunas veces nuestra esperanza se ve premiada, pero otras muchas se ríe con nuestro fracaso. No sé cómo resultaría aquella tirada de dados para él. Sólo sé que, pese al tiempo que ha pasado, yo no he conseguido olvidarle. Y mientras espero la llegada de mi dios, algunas noches, vuelvo a ver aquellos ojos, y sueño de nuevo con el vuelo de mi kamikaze.

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