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La barra del Blue Parrot

HISTORIAS QUE SE ESCUCHAN EN LOS BARES

UN CUENTO DE ABRIL

UN CUENTO DE ABRIL

Llevaba despierto desde cerca de las tres de la mañana, con los ojos como platos, mirando al techo sin ver nada, con el cerebro trabajando sin descanso, acelerado, con la sensación de que la cabeza me iba a estallar de un momento a otro, como un motor pasado de revoluciones.

Las ideas se entremezclaban de manera incoherente, a velocidad vertiginosa, llendo y viniendo como nubes en un huracán.

Ni la música de Bach, que sonaba a través de los cascos del ipod, ni los cigarrillos que, uno a uno, iba fumando y aplastando concienzudamente contra el cenicero rebosante, conseguían que apartase de mí aquella danza de recuerdos e imágenes del pasado que me visitaban una vez más, como en tantas ocasiones anteriores.

Me preguntaba el por qué de todo aquello, de esa situación absurda. Sin encontrar un trabajo digno como abogado, viviendo lejos de Samantha, en aquel apartamentucho de mala muerte de esta ciudad, que cada día me parecía más  fría y deshumanizada, haciéndome sentir a  años luz de distancia de mi amor, de mis amigos y de lo que había sido mi vida antes que aquella maldita crisis diera al traste con proyectos, ilusiones y deseos, y me arrastrara a este abismo en el que ahora habitaba.

Recordando besos, abrazos, sonrisas… el sonido de su voz, la calidez de su piel, la suavidad de su cabello. Las veladas en nuestro piso, cenando comida japonesa sentados en el suelo, las escapadas de fin de semana a algún hotelito encantador y tranquilo donde hacíamos el amor sin prisa, como si el tiempo fuese infinito. Las divertidas discusiones mientras Samantha me enseñaba el boceto en el que ella trabajaba, con los planos de la casa que soñábamos construirnos y donde vivir juntos, formando un hogar con los niños que deseábamos tener, y con alguna mascota para la que también hacíamos hueco en los planos: este muro más a la izquierda, esta ventana más a la derecha, la puerta más ancha, el porche más amplio… disputas entre risas y fingidas caras de indignación que siempre terminaban en apasionados besos, mientras nos quitábamos la ropa uno a otro camino del dormitorio.

Hasta que estalló la burbuja financiera, mi empresa perdió millones en la debacle y yo fui uno de los cientos de ejecutivos que llegamos una mañana a nuestro puesto de trabajo, como cualquier otro día, y a las dos horas salíamos por la puerta del edificio de oficinas con nuestros efectos personales en una caja de cartón -la mueca de sorpresa todavía dibujada en el rostro- mientras decenas de micrófonos y cámaras de los medios de comunicación nos rodeaban para captar algunas declaraciones con las que abrir sus informativos con la noticia de otra nueva suspensión de pagos de una gran compañía.

Después, la búsqueda infructuosa, la desazón, las primeras disputas, los sueños que se convertían en ceniza… el dormir mirando cada uno hacía distinto lado, los silencios, los reproches… y el estruendo final de un último portazo con el que dejé atrás a Samantha y lo que había sido mi vida hasta entonces. Excepto por los recuerdos que me acompañaban y se negaban a dejarme, como sucedía una vez más en aquella interminable noche.

Miré el reloj de nuevo. Las seis y media de la mañana. Cerré los ojos con fuerza y apreté los puños, pugnando por poner fin al bullir de mi cabeza. Respiré hondo y me levanté de golpe, y sin pensar en nada más, me dirigí al cuarto de baño, abrí en grifo del lavabo y –con las manos en forma de cuenco- me lancé el agua fría contra la cara, como para borrar lo sucedido durante la noche y espabilarme lo suficiente.

Todavía chorreando, me puse la ropa de deporte, los pantalones del chándal, una camiseta y las zapatillas.

Salí a la calle cuando apenas las primeras luces del amanecer hacían acto de presencia en el horizonte, y tras un leve espasmo corporal debido al frescor de la madrugada, comencé a desentumecer todos mis músculos emprendiendo un ligero trote. A los pocos minutos ya mantenía un ritmo de carrera sostenido, notando como el vigor me entonaba todo el cuerpo y el aire fresco matutino devolvía mi mente a un estado de concentración, pendiente ahora de pulsaciones y distancia recorrida.

El ejercicio me sentó bien. Al llegar al parque dediqué una rato a hacer flexiones y abdominales, y tras una vuelta al estanque, corriendo a máxima velocidad, regresé de nuevo a casa a un ritmo más ligero.

La ducha alternando agua fría y caliente terminó de recuperarme, y sintiéndome mejor, me preparé el desayuno. Un zumo de arándanos, tostadas con aceite y un café solo bien cargado. Mientras saboreaba la comida, iba haciendo un repaso mental a todo lo que debía hacer durante el día.

Procuré dejar a un lado los pensamientos y las imágenes con las que había pasado la noche, enterrarlas momentáneamente en lo más profundo de mi mente, al menos hasta la próxima vez que escapasen de su encierro para atormentarme de nuevo. Pero ahora necesitaba volver a mis rutinas y concentrarme.

Con una taza de café humeante en la mano me dirigí a la mesita que me servía de estudio y encendí el ordenador. Mi primera labor sería revisar todas las páginas web de empleo en busca de ofertas acordes con mi currículum. Me estiré en la silla, acerqué un cenicero vacío y me puse manos a la obra.

Mientras revisaba los diferentes anuncios y me apuntaba a alguno de ellos, no podía evitar pensar en los cientos de candidatos que en ese momento estarían haciendo lo mismo que yo, en las situaciones desesperadas –con familias a las que mantener, hipotecas que pagar- que se escondían detrás de cada envío, con todas las esperanzas y todos los sueños puestos en un simple “click”.

Cuando terminé, el cenicero se encontraba repleto de colillas aplastadas.

Necesitaba salir de aquella situación, volver a la normalidad de un empleo estable, de unos proyectos de futuro… y quién sabe si también volver a abrazar a Samantha. Seguir soportando las noches de insomnio, la ansiedad, la soledad… todo aquello tenía un límite, y creo que la capacidad de mi mente se encontraba cerca de él.

Dios, Samantha… como echaba el falta su contacto, su calor, su piel, el aroma de su perfume, el sonido de su voz…

Me levanté con rapidez y me dirigí al banco de gimnasia. Frenéticamente me lancé a realizar las diferentes tablas de ejercicios, intentando dejar a un lado recuerdos y emociones.

Al terminar, apoyado todavía sobre el respaldo, intenté vaciar la mente de pensamientos mientras recuperaba el aliento, con la mirada fija en el blanco del techo, sumergiéndome en la nada, abandonándome en ese vacío de color.

Al cabo de unos minutos, con la respiración ya pausada, regrese hasta la mesita del estudio.

Abrí la cartera y extraje la foto.

La contemplé largo rato. Su cabello rubio cayendo sobre los hombros, su mirada vivaz, su rostro de rasgos suaves y armoniosos, su esbelta figura…

Conocía perfectamente sus horarios, sus rutinas diarias, sus costumbres y sus gustos. Cuándo salía de casa para ir a trabajar, cuándo a comer, a qué hora terminaba en la oficina y regresaba a casa. Los días en que visitaba el gimnasio o la peluquería, los locales en los que de vez en cuando tomaba algo con los compañeros después de su jornada laboral… era martes, así que saldría del trabajo a las seis de la tarde y se dirigiría caminado hasta el gimnasio, a cinco manzanas de la oficina.

Una vez allí, su costumbre era estar haciendo ejercicio entre una hora y tres cuartos y dos horas.

Comencé a hacer un rápido repaso mental de la ruta, de las los tiempos y de las distancias y calculé que saldría entre las ocho y cinco y las ocho y veinte, para luego dirigirse a la boca de metro más próxima, a unos diez minutos del gimnasio.

Decidí esperarla a la salida de la oficina.

Me duché de nuevo y me vestí con cómoda ropa de sport. Consulté el reloj y preferí esperar un poco antes de salir. Siempre confiando en una llamada de alguna empresa o de algún “head-hunter” que hubiese leído mi currículum y me citase para una entrevista, aunque el teléfono se empeñaba en no sonar. Me preparé una taza de té y, sentado en el sillón del escritorio, contemplé las vistas desde mi ventana mientras encendía un cigarrillo y procuraba mantenerme con la mente en blanco, sin conseguirlo.

Cuánto añoraba a Samantha, y cómo la deseaba.

A las cinco me puse en pie y salí de casa, no sin antes guardar los dos teléfonos móviles en el bolso-bandolera que llevaba colgado del hombro, bajo la cazadora, cruzándome el pecho.

Tomé el metro hasta la estación más cercana a su trabajo, ensimismado en mis pensamientos pero sin dejar de prestar atención a la gente que entraba y salía del vagón. Hombres y mujeres con caras de preocupación, unos, de resignación o desidia, otros, o de alegría, los menos. Personas de todas las edades y de todas las razas con el denominador común de vivir atrapados en aquella gran ciudad, sujetos a deberes, obligaciones y rutinas que, en vez de acercarles a sus sueños, les alejaban cada vez más de aquello que alguna vez fue su ilusión. Silenciosos y perdidos como estaba yo mismo.

Salí a la superficie con sensación de asfixia, deseando sentir de nuevo el aire fresco en mi rostro. Respiré con placer llenando mis pulmones, despacio, y me acerqué caminando despacio hacia su edificio de oficinas.

Me situé en la acera de enfrente y consulté el reloj. Las seis menos cuarto. Encendí un cigarrillo y esperé pacientemente, apoyado en una farola,  hasta que saliera.

No tuve que esperar mucho, puesto que eran poco más de las seis cuando pude distinguir una melena rubia entre la gente que pasaba en tropel por las puertas, terminada su jornada laboral. Si, era ella, inconfundible en su andar cadencioso, en su peculiar manera de mover la cabeza, apartando el cabello de su rostro o en su forma de sujetar el bolso, siempre pegado al pecho, como una quinceañera haría con su carpeta del instituto. El gesto me hizo sonreír.

Una vez pude confirmar que tomaba la dirección del gimnasio,  seguí sus pasos sin cambiar de acera, unos metros por detrás de su altura, sin perderla de vista.

Continué observándola mientras caminábamos. Sus movimientos resultaban armoniosos y femeninos, e imprimían un gracioso vaivén de un lado al otro al cabello que caía por su espalda. De nuevo sonreí ligeramente, pensando que la primera vez que la vi no me había llamado especialmente la atención, pero tenía que reconocer que ahora mi opinión era muy diferente.

Llegamos hasta la puerta de su gimnasio y yo me detuve sin dejar de mirarla, mientras desaparecía en el interior del local.

Decidí entrar en una cafetería situada enfrente, y sentarme en una de las mesas junto a los amplios ventanales, desde donde podía observar tranquilamente.

Miré el reloj y calculé que al menos me quedaba una hora y media de espera. Me acomodé en el asiento mientras tomaba un café, dejando que de nuevo mis sentimientos afloraran.

Qué absurdo resultaba todo. Desde que perdí mi trabajo, y sobre todo desde que perdí a Samantha, mi existencia había dado un vuelco, había perdido mis referentes. El camino que, hasta entonces, pensaba que seguiría en la vida. Prosperar, formalizar una relación, la convivencia, una familia, un hogar… y sin embargo, de todo aquello, ahora solo quedaban recuerdos y sueños rotos. La realidad, cruda y sórdida, había terminado por imponerse. Ahora formaba parte de la inmensa legión de desencantados y descreídos. De todos esos seres, grises y anónimos, que arrastran sus miserias día a día en ciudades como esta, en la que nadie importa a nadie y los individuos nacen, viven y mueren solos, pese a estar rodeados de gente. Y ahí estaba, perdido en un local anodino, sentado con otras personas tan solas como yo, ensimismadas en sus propios problemas, y esperando que ella saliese del gimnasio como único punto de referencia mínimamente estable en medio de aquel devenir absurdo en que se había convertido mi día a día.

Cansado de tales pensamientos y del ambiente mortecino y deprimente de la cafetería, salí a la calle a fumar un cigarrillo, agradecido de sentir el frio de la incipiente noche.

Al poco rato la vi de nuevo, saliendo del gimnasio. Consulté otra vez la hora. Las ocho y cuarto. Tan puntual como siempre.

La observé mientras caminaba con ese paso elegante. Al fijarme pude apreciar el rubor de sus mejillas tras el ejercicio y la ducha, las puntas de su cabello ligeramente mojadas… sin duda detalles que la hacían estar muy atractiva.

Me cercioré que había tomado el camino al metro, así que me adelante a ella con paso rápido hasta dejarla atrás, a mi derecha. Unos cien metros más adelante, crucé la calle hasta su misma acera. Aceleré un poco y me situé tras las escaleras de acceso al portal de una de las viviendas, en una zona en penumbra, junto a un seto de coníferas.

Escuché el ruido de sus tacones sobre el pavimento, acercándose paso a paso, cada vez más próximos. Contuve la respiración mientras calculaba el momento propicio. Debía estar ya a dos metros.

Salí de las sombras justo delante de ella. Al verme aparecer, se detuvo de golpe, con su rostro reflejando la sorpresa, los ojos muy abiertos, intentando decir algo pero sin conseguir pronunciar una sola palabra o emitir un solo sonido.

Ya no tuvo tiempo para más. Saqué mi pistola con rapidez y disparé dos veces contra su pecho. Sin apenas ruido, sólo se escuchó el débil siseo del silenciador y el golpe sordo de su cuerpo al caer sobre la acera.

Me acerqué despacio, arrodillándome, y llevé dos dedos enguantados a su cuello. Sin pulso. Muerta.

Con un brusco tirón, arranqué la cadenita de oro que llevaba puesta, quité de sus dedos el par de sortijas y el reloj de la muñeca, después tomé de su bolso la cartera y el teléfono e introduje todos aquellos objetos dentro de una bolsa de plástico con cierre hermético.

La contemplé una última vez antes de alejarme de allí, mientras un charco de sangre se extendía despacio a su alrededor. Aparentemente, la desgraciada víctima de uno más de los atracos que ocurrían a diario. Otro número para engrosar las frías estadísticas. Emití un largo suspiro, me giré y apreté el paso, perdiéndome de nuevo entre las sombras de la noche.

Unas manzanas más allá reduje la marcha y extraje de mi bandolera el móvil de prepago a nombre de una compañía ficticia de las Islas Caimán. Marqué el único número que guardaba en su memoria, y que correspondía a otro teléfono igualmente sin contrato. Escuché una voz al otro lado del auricular.

- “¿Sí?”- contestaron con un cierto tono de tensión.

- “¿Señor Smith?”- pregunté.

- “Sí, soy yo” - respondió el hombre.

- “El encargo está cumplido” – dije, escueto.

- “Gracias señor Brown, recibirá sus honorarios según lo convenido”.

- “Perfecto, si necesita de mí nuevamente, ya sabe cómo ponerse en contacto conmigo”.

- “Lo tendré en cuenta Señor Brown, ha sido un placer hacer negocios con usted”.

Colgué el teléfono sin responder.

Me detuve y saqué mi móvil personal, esperando. A los pocos segundos, la pantalla se ilumino con la entrada de un mensaje nuevo. Acababa de recibir el ingreso de 50.000 dólares en mi cuenta numerada de un banco suizo.

Confirmada la operación, me deshice del teléfono prepago, arrojándolo con todas mis fuerzas contra el suelo, donde saltó en mil pedazos. Con el zapato, empujé los restos hasta el interior de una alcantarilla.

Encendí un nuevo cigarrillo y decidí regresar caminando hacia mi apartamento.

A la memoria me vino el recuerdo de la primera vez. Las nauseas incontenibles que siguieron al disparo en la cabeza que acabó con aquel tipo. Y los dos días posteriores de borrachera casi permanente, intentando extirpar de mi mente, a base de alcohol, la imagen de la sangre salpicando en todas direcciones.

Ahora ya, pasado el tiempo desde entonces, sólo sentía una ligero nudo en la boca del estomago.

Un par de manzanas más lejos, abandoné la bolsa de plástico con el reloj, la cadena, los anillos y el resto de efectos personales, tirándola en el interior de un contenedor de basura.

Lástima de chica, tan joven y atractiva. Y también tan ambiciosa. Demasiado estúpida para  darse cuenta que no se puede jugar con gente de la clase de mi cliente, poderosos, acostumbrados a luchar en la jungla de las altas esferas y salir siempre victoriosos.

De vuelta al apartamento debería destruir sus fotos y las notas que tomé mientras hice el seguimiento. Fue una sensación molesta. Sentí que, casi, casi, sería como liquidarla de nuevo.

Taciturno, proseguí mi paseo. Las luces de la ciudad proyectaban su brillo lleno de vida, iluminando a cientos de personas que caminaban, reían y hablaban, ajenas al drama que acababa de acontecer hacía escasos minutos no lejos de allí, o a otros similares que estarían ocurriendo en aquel mismo momento en aquel universo de asfalto, hormigón y cristal.

Mientras me deshacía de la pistola con silenciador, pensé que necesitaba con urgencia volver a recuperar mi vida. A mi trabajo de abogado. A la normalidad.

Y  de nuevo volví a pensar en Samantha. También la necesitaba a ella.

Cada día más.

UN CUENTO DE MARZO

UN CUENTO DE MARZO

Era alto, fuerte, bien parecido. Uno de esos tipos de los que un castizo diría que “su familia no ha pasado hambre nunca”. Tenía una bonita moto, un trabajo envidiable y su última conquista -una rubia que trabajaba en su misma empresa- lo había dejado todo por un beso suyo, incapaz de resistirse a su sonrisa perfecta y su capacidad de seducción. La vida le era propicia, y él lo sabía.

Tenía planes, muchos planes. Aspiraba a más. Deseaba más. A cualquier precio.

En su trabajo, las oportunidades de ascender no le faltarían. Ya tenía un puesto directivo, pero no se conformaba con eso, se había marcado el objetivo de lograr la dirección general. Y nadie le podría hacer sombra. Se sabía más inteligente, mejor preparado y demasiado buen estratega para que algo o alguien se interpusiese en su camino marcado a dirigir la organización.

Esta idea le hizo sonreír. Con la misma satisfacción del lobo que se relame al observar a su víctima.

Hoy tenía una reunión con el resto de gerentes de área para presentar y analizar los resultados trimestrales. Estaba seguro que los suyos causarían sensación, y que los demás no tendrían más remedio que escucharlos con admiración y, quizás, un punto de envidia. Eso le provocaba mayor placer aún.

Se arregló cuidadosamente, prestando especial atención al apurado de su barba, y después eligió con el mismo detalle la ropa que se pondría. Se decidió por un estilo “casual” –todo prendas de marca- que tan bien le sentaba dada su estatura. Un atuendo ideal, ya que pensaba ir a la reunión en la moto.

Antes de salir del dormitorio, no olvidó coger un par de preservativos de los que guardaba en su mesilla de noche. Después de la reunión pensaba tener sexo con ella. No había nada que le satisficiera más que, después de una exitosa y brillante reunión de trabajo, ver como su rubia amante se entregaba a él, sumisa. Adoraba aquella sensación de poder que le otorgaba hacerle el amor con fuerza, viendo en sus ojos esa mezcla de admiración, deseo y obediencia. Y además, reconoció, le encantaba aquel cuerpo que, en pocas horas, volvería a hacer suyo.

Se detuvo una última vez para contemplarse en el espejo junto a la puerta del piso y, haciendo un guiño a su propia imagen reflejada, se dio el visto bueno definitivo.

Se dirigió hasta el garaje, subió a la moto y apretó el botón de encendido. Le encantaba el sonido de aquel motor. Potente, con clase. Digno de él. Se puso el casco –con cuidado de no aplastarse en exceso el peinado- y salió a la calle.

Hacía más frio de lo que esperaba, aunque lucía un sol radiante de mediados de marzo. No importaba, pensó. Aquella noche ya entraría en calor con ella. Al pensarlo, se recordó a si mismo pasar por el sex-shop y comprar aquellas bolas chinas que vio la última vez. Hoy le apetecía experimentar con ella.

La apartó de sus pensamientos y se concentró en la reunión que le esperaba. Había preparado una impactante presentación en PowerPoint que no hacía más que realzar los magníficos resultados que había obtenido. Sabía que aquello silenciaría muchas voces, críticas con su estilo de dirección, y dejaría sin argumentos en contra a sus rivales. La mayor parte de ellos eran remilgados y cursis ejecutivos, llenos de valores obsoletos y cargados de reparos ante su manera de hacer las cosas. Unos valores casi tan anticuados como los de su padre. Una mentalidad absurda y pasada de moda. Los despreciaba.

Al parar en uno de los semáforos, se fijó en uno de los carteles publicitarios que jalonaban las calles anunciando -con empalagosa y comercial ternura- el “día del padre”.

Era diecinueve de marzo, recordó con una maldición ante la perspectiva de tener que interrumpir sus actividades y llamar a su “viejo”. Algo siempre desagradable por la estúpida y anticuada manera de ser de su padre, inflexible y puntilloso respecto a la “moralidad” y “honorabilidad”, y muy crítico con sus maneras de hacer profesional y personalmente. Al diablo con él y con su mentalidad de perdedor. Entre las copas con los compañeros y antes de paladearla a ella, ese sería un buen momento para solventar el obligado compromiso, decidió, reorganizando su tiempo mentalmente. Cinco minutos para quedar bien no son tanto, concluyó.

Arrancó de nuevo, dejando atrás esos molestos pensamientos.

Aceleró la moto, metiendo un poco más el puño. Quería llegar pronto. Antes de la reunión tenía que anunciar el despido a dos personas de su equipo. Pobres imbéciles que habían mostrado algún malestar por su manera de hacer las cosas. Era sorprendente que todavía quedasen personas que antepusieran sus valores caducos por encima de los objetivos empresariales. Eran gente acabada, como su padre, y como tantos otros a los que deseaba demostrar quién era él. Eliminarlos era puro trámite, pero algo molesto en un día como aquel, con una agenda tan apretada como la que tenía.

Con enojo vio como el siguiente semáforo se ponía en ámbar. Decidido a no demorarse más, aceleró.

El éxito le esperaba, sus deseos se verían colmados. La vida le ofrecía sus tesoros. Nada ni nadie podría hacerle sombra o interponerse en su camino, y menos aún aquella lucecita anaranjada.

Todavía sonreía al pensar en ello cuando, al saltarse el disco ya en rojo, el camión se abalanzó inexorable sobre él.

UN CUENTO DE FEBRERO

UN CUENTO DE FEBRERO

Finalmente se levantó. Llevaba más de dos horas despierto, pensando, escuchando la respiración pausada de ella – a su lado – pero incapaz de moverse de la cama.

Se acercó en silencio hasta el salón y encendió un cigarrillo, mientras observaba el día a través del ventanal. Un sol radiante y un cielo azul, sin una sola nube. Un precioso sábado de invierno, aunque su estado de ánimo – gris y opresivo como un cielo de tormenta- era la antítesis de aquella mañana.

Mientras las volutas del humo del tabaco dibujaban extraños arabescos, él pensaba en la noche pasada. Una noche más en la que ella se alejaba de él, en la que evitaba hasta el más mínimo roce, como si fuese un apestado. Respiró profundamente, y se dirigió a la cocina a prepararse un café.

En el momento en que el líquido empezó a borbotear, ella apareció en la puerta, todavía con el sueño reflejado en su cara.

-. Buenos días cielo, llegas a tiempo. ¿Un café y un zumo?

-. Si, gracias.

Un rápido beso, apenas rozando sus labios con los de él.

Ella se sentó sobre la encimera de la cocina, como hacía siempre, mientras él exprimía las naranjas, sin dejar de mirarla de reojo.

-. Toma cielo, aquí tienes

-. Gracias…

Una ligera y breve sonrisa en señal de agradecimiento, sin mirarle a la cara. Huidiza.

Un silencio denso e incómodo, que ella finalmente se atrevió a romper.

-. Tenemos comida en casa de mamá, y yo debería pasar por la peluquería a arreglarme las mechas. ¿Tú qué vas a hacer?

-. Colocaré un par de cosas aquí, y luego si te parece iré a comprar unas botellas de vino para la comida.

-. Bien, voy a ducharme entonces.

Ella dio un saltito y se dirigió a la puerta de la cocina mientras él la miraba salir. Su melena rubia, su cuerpo delgado, y ese movimiento de cadera que tanto le gustaba.

-. Cuerpito - dijo cariñosamente, aunque con un punto de melancolía en la voz.

Ella, por costumbre,  se contoneó un poco, aunque sin detener su caminar o volverse siquiera.

Al quedarse solo, encendió otro cigarrillo, ensimismado en la maraña de sus confusas sensaciones.

-. Me voy, cuando acabe en la peluquería te llamo.

-. Bien…

-. Hasta luego

Escuchó el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse.

Maquinalmente se afeitó, se duchó y se vistió para la comida en casa de su suegra. Por ese motivo,  no olvidó el detalle de ponerse uno de los jerseys que la mujer le había regalado en Navidad.

Decidió no coger el coche e ir a comprar el vino dando un paseo. Sentía una angustia que le resultaba asfixiante.

-. Hace un buen día –pensó- y el aire frío me vendrá bien.

Fue caminando hasta la enoteca mientras pensaba, observando distraídamente a la gente. Matrimonios con niños, parejas de ancianos, jóvenes abrazados o paseando de la mano. Todos aparentemente felices y disfrutando de aquella hermosa mañana de fin de semana.

Aquellas escenas le hicieron sumirse de nuevo – con una nueva dosis de amargura- en sus reflexiones.

Un mes. Había pasado un mes desde que hicieron el amor por última vez. Y en el que los silencios se imponían a las palabras. Y las dudas a la confianza.

Decidiendo que sería un vino del gusto de todos, eligió tres botellas de un Ribera de Duero que le recomendaron especialmente. La vibración del teléfono móvil le arrancó de su abstracción.

-. “Tratamiento para el pelo. Me retrasaré.” – decía el escueto mensaje.

Con la compra ya terminada, decidió caminar hasta la peluquería y recogerla allí. Pese a su distanciamiento, todavía sentía la imperiosa necesidad de su cercanía, de compartir momentos con ella. De sentirla.

Compró el periódico y se sentó en un banco frente a la puerta, esperándola.

Un mes. Treinta días y treinta interminables noches sin acariciar y besar su cuerpo. Sin abrazar su alma.

Al cabo de un rato, la música de su teléfono móvil le alejó de aquellos pensamientos y recuerdos. Era ella.

-. Ya terminé en la peluquería, ¿te falta mucho?

-. ¿Dónde estás? Preguntó él, desconcertado.

-. Acabo de llegar a casa, ¿y tú?

Silencio.

-. Salgo ahora de comprar el vino… ya voy para allá.

Colgó la llamada, mirando con rostro serio la puerta de la peluquería, apenas a tres metros de distancia.  Llevaba sentado allí casi una hora. La acidez del zumo del desayuno le subió hasta la garganta.

-. Ya estoy aquí

-. ¿Qué tal el vino?

-. Bien… un Ribera que me han recomendado… te han dejado muy aguapa. – dijo, sin dejar de observarla.

Silencio.

-. Gracias… ¿nos vamos? – respondió con cierto  tono de azoramiento, evitando volverse hacia él.

-. Si…

Bajaron hasta el garaje, abrió la puerta para que subiese al coche y cerró tras ella. Respiró profundamente,  y dando la vuelta al vehículo, entro, se sentó y encendió el motor.

Con rapidez, ella hizo que la música del CD sonase como para llenar el silencio que se erigía entre ambos. Como para evitar las palabras.

Besos, abrazos, carantoñas a los niños, conversaciones intrascendentes, una cerveza… la mirada huidiza de su cuñada,  la mirada preocupada de su suegra. Y una extraña sensación de irrealidad, como si su espíritu observase la escena fuera de su cuerpo.

Él sin dejar de observarla de reojo, ella esquiva. Hablando y riendo sin parar, como intentando mantener alejada una incómoda y dolorosa realidad que era cada vez más evidente.

Más besos, más abrazos, carantoñas a los niños, y las promesas habituales de repetir aquello más a menudo. Sólo la novedad del particular abrazo de su suegra.

-. Cuidaros mucho, por favor. – dijo la mujer al despedirse, con tono de preocupación y una mirada que no dejaba lugar a dudas. Le apretó con fuerza contra ella en un abrazo que transmitía su desazón.

De regreso a casa, en el horizonte, el sol se ponía. El reflejo hizo que el entornase ligeramente los párpados. Ella se puso las gafas oscuras.

La observo unos instantes hasta que, con un lento movimiento, apagó la música que de nuevo había comenzado a  sonar nada más subir al coche.

-. Cielo…

-. ¿Sí?

-. ¿Qué te da él que no te de yo?

CARTAS DESDE EL ACANTILADO

CARTAS DESDE EL ACANTILADO

Este relato está especialmente dedicado a SAM. Espero que, esta vez sí, la vida te sonría.

 

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Cuando llegué al piso era ya de noche. Abrí con calculada lentitud y nada más cruzar el dintel de la puerta respiré profundamente, intentando serenarme. Me sentía tan agotado por los acontecimientos de los últimos días que opté por tomarme unos minutos antes de comenzar la tarea. Vi una botella de whisky y unos vasos sobre la encimera de la cocina, y decidí servirme una copa.

Simbólicamente, hice el signo de un brindis al aire y encendí el enésimo cigarrillo del día, buscando con la vista los cuadernos de Alberto. Estaban allí, sobre la mesita del salón, así que –algo más reconfortado por el alcohol- me acerqué dispuesto a terminar el encargo de una vez, sabiendo que quedaba todavía la parte más difícil.

Lo que no imagina en ese instante era cuánto.

Mientras intentaba ordenarlas, tomé al azar una de las cartas, bebí un largo sorbo del vaso bajo con hielos y comencé a leer las hojas manuscritas.

"Las horas pasan en el salón de una casa que no siento mi casa. Una casa fría y vacía porque tú no estás. Una casa que parece una tumba en la que solamente vagan fantasmas de duda que me torturan riéndose de mí y de mis esperanzas en una noche de horror, mientras yo me aferro a mi amor por ti y a tu imagen para no dejarme llevar al fondo del abismo oscuro.

Tengo miedo. Miedo de perder mi batalla con la enfermedad, miedo de no volver a verte ni a sentirte. De que no comprendas el por qué no pude traerte conmigo en este viaje desesperado a todo o nada, o el por qué de muchos de mis actos que –equivocados o no- sólo fueron motivados por mi amor.

Pensando en ti, en esta noche interminable, el cenicero se llena al ritmo que marca el torrente de sentimientos que luchan por salir de mi interior, agolpándose.

Ahora estamos separados, sí, pero no estar juntos es aún más acicate para recordarte y para ser consciente de todo aquello que no he sabido transmitirte y darte. Sí, te echo de menos, cada día más, y muero por no poder abrazarte a cada instante. Y resignándome acumulo deseos de reencontrarte.

Qué difícil se me hace perderte en la distancia, porque no puedo pasar sin mirarme en tus ojos, sin tu olor, sin tu sonrisa, no puedo estar sin saludarte con esos “buenos días” que me daban la vida cada mañana.

Sí, me das la vida porque sólo junto a ti todo alcanza su verdadero sentido. Sin ti soy una mitad incompleta. Soy sólo “yo”, no “nosotros”. Y yo ya no soy nada si no estás tú.

Desde que te conocí llenaste poco a poco mis pensamientos, y fuiste protagonista de mis deseos de vivir. Llenaste mis segundos de felicidades y mis días de la alegría de verte. Al igual que ahora eres el motivo de pelear contra la enfermedad y no rendirme.

Te amo en lo más profundo de mi alma, de mi ser. Te amo porque existo gracias a ti.

Te quiero a cada instante, cada pensamiento, cada mirada, cada palabra. Te quiero en tu recuerdo. Te quiero en mi añoranza de ti.

No puedo dejar de echarte de menos porque tu cara es la belleza, tu cuerpo el fuego acogedor, tu mirada mi paz y tu alma mi objetivo. Aunque recordarte sea llorar por no tenerte y morir de tristeza por no besarte.

Extraño todo de ti, desde tu voz hasta tu piel. Tu piel, si. Mi amor, siento ansias de tus labios, sin ellos mi alma languidece.  Añoro tu esencia, tu mirada, tus caricias. No soy ajeno a lo que es sentir necesidad de tu presencia, tu voz, tu aroma que dulcemente acompañaba mis sentidos cuando te marchabas cada lunes.

Me levanto y miro fuera, a cielo que se dibuja entre los tejados de los edificios cercanos. Me gusta contemplar el alba, sentir el aire frío que llega y roza mi cara como invitándome a seguirle donde va, pues quizás conoce el sendero más corto para llegar a ti y acabar de una vez con esta cruel distancia que me separa de tu cuerpo y de tus besos.

Cubro mis deseos de tenerte a mi lado con un manto de esperanza. Miro al horizonte, contemplo como pasan silenciosas las horas mientras amanece lentamente, como si cada segundo durara más que de costumbre.

Pero al final llegará el día, ya verás. Ahora es como tener en las manos un pajarillo que apenas abre sus ojos a la luz, pero es sólo esperar, pronto sus alas serán fuertes, le llevarán a lugares distantes. Así es el amor vida mía, transporta la felicidad de las almas dispuestas a viajar hacia ese lugar de ensueño, allí donde se cumplen promesas, se deja atrás el miedo, se nace a una vida plena de emociones nuevas, de caricias reencontradas, de instantes que jamás se olvidan.

Siento ansias de que ese pajarillo alce el vuelo, pero comprendo que aún no llega el momento y que ahora es la lucha contra esta perra enfermedad la que marca los tiempos.

Quiero pensar que pronto te miraré a los ojos de nuevo, que tendré esa oportunidad para demostrarte mis sentimientos, para volver a soñar juntos, para correr por la playa cogidos de la mano, para reír como locos, para que te cuente cuentos en la terraza, para acariciarte noche tras noche en el sofá, para mirarte emocionado cuando, desde una cama de hospital, me enseñes orgullosa un pequeño bebé. Nuestro bebé. Y para, con las sienes ya encanecidas, agarrar tu mano y ver atardecer…

Las horas pasan en el salón de casa. Entre calada y calada de cigarrillo, mirando desde la terraza hacia el horizonte donde tú te encuentras, sueño despierto con el momento que todo pasará como pasa todo, y entonces amor, estaremos tú y yo camino al Hogar.”

Tuve que parar.

Con un nudo en la garganta y un pinchazo en la boca del estómago levanté la vista de la hoja de papel y respiré hondo. Despacio.

Me puse de pie y maquinalmente rebusqué en el paquete de tabaco del bolsillo de la americana, saqué un nuevo cigarrillo y lo encendí con parsimonia, aspirando el humo profundamente, mientras mi mirada se desplazaba alrededor de la habitación.

No era gran cosa. Mi viejo estudio de soltero -cerrado a la espera de un mejor momento para hacer esa reforma que tanto necesitaba y ponerlo en alquiler- que le cedí cuando me avisó que volvía a Madrid, y que había sido su casa en los últimos meses. Entre los amigos íntimos, los tres mosqueteros, añadimos una televisión, un pequeño equipo de música y un microondas que completasen un poco el escaso y espartano mobiliario que contenía la vivienda. Las pocas pertenencias con las que vino -algo de ropa, sus ordenadores portátiles, una impresora y algunos discos de jazz- no ayudaban a hacer de aquel lugar un sitio acogedor. Y mucho menos un hogar. Pero se convirtió en su último refugio durante la batalla.

No pude evitar una media sonrisa al ver, apiñados en una estantería, varios libros de segunda mano que sin duda había comprado en alguna de sus últimas visitas a los libreros de la Cuesta de Moyano.

-.“Alberto, viejo amigo” –pensé- “lo único que te hizo verdaderamente feliz en esta vida fueron los dichosos ordenadores, tus libros, tu música y tus películas clásicas”.

Recapacité un instante. –. “Y ella”.

Me serví algo más de whisky en la copa ya sin hielos, aflojé el nudo de la corbata, desabroché el botón del cuello de la camisa y me volví a sentar en el desgastado sillón de cuero marrón.

Di un trago, exhalé aire y seguí leyendo otra de sus cartas. 

“Aquí estoy, como siempre, pensando en ti.

Y aunque no debería, fumo. Mirando ascender el humo en el que parecen dibujarse las curvas de tu cuerpo, y me pregunto hoy, al igual que todas las noches, ¿qué pecado cometimos o contra qué Ley Universal atentamos para no estar juntos?

Te dejé atrás para pelear mi batalla, para vencer por ti. Quise resguardarte de esta guerra, aislarte del sufrimiento, de la incertidumbre. Evitarte más desgaste a ti, la que tanto se desgastó acompañando mis anteriores momentos de desesperación. Pero hay instantes en que me faltan fuerzas, porque falta en mi vida tu presencia, tu sonrisa, tu caricia, tu cuerpo, tu olor y hasta esa forma fija, con los ojos muy abiertos, que tienes de mirarme en ocasiones.

Sólo tengo tu sombra, tu recuerdo, el recuerdo de lo que fuimos.

Te encuentro en cada bocanada del cigarro que exhalo y, aunque no lo creas, te respiro a cada segundo.

¿Por qué?

Porque vives en mí, te llevo dentro de mi piel, ésta que algunas veces quisiera arrancar de cuajo para no sentir el amargo dolor que me produce no tener tu presencia.

Porque yo te veo en cada cosa que miro, en la sonrisa de cada niño, en el sol que me despierta cada mañana, en el café que desayuno, en el suelo que contemplo mientras camino, a cada paso, en cada paso que di ayer, en el que doy hoy y en el que daré mañana…hasta en cada sesión de quimio veo tu mano sujetando la mía.

Porque eres parte fundamental de mí ser, de la persona que soy y de la que quiero ser para ti, hasta que de una vez por todas te des cuenta de que nunca te he ignorado ni mentido al hablarte de amor. Que mi vuelta a Madrid ha sido mi manera de evitarte el horror, y que todo lo que ha sucedido -tu trabajo, mis proyectos con el nuevo juego- todo ha sido fruto de un mal momento para ambos, pero que juntos podemos más, mucho más, que por separado.

Y espero que finalmente yo pueda escapar de las garras de esa pérfida Dama Enlutada que busca ofrecerme su beso eterno, y que tu regreses de tu viaje de vuelta a ti misma al que te envié al marcharme, porque eso quiero… eso sueño: que nos amemos, que nos miremos, que nos sintamos, que nos respiremos a cada segundo… ¿proyectos ya imposibles, como vanos deseos de un niño? No lo sé…

No, no eres un capricho ni un producto de esta imaginación desbordada que me lleva siempre -sin importar que camino elija- a ti, siempre a ti, a todo lo que tú eres para mí y simbolizas en mi existir…

Quisiera que te dieras cuenta de lo intensamente que te amo… que al conocerte empecé a pasar de ser un hombre demasiado solitario e introspectivo a ser alguien que empezó a abrirse y a participar de lo que tú dices, de lo que tú quieres, de lo que tú ansias, de igual forma que tu empezaste a compartir conmigo y a ser conmigo.

En este tiempo te he conocido tanto que… sé las cosas que forman parte de esa cotidianeidad que compartimos en los instantes en que estamos juntos… de qué lado te gusta dormir, tu carita cuando escondes una sorpresa, tu manera de respirar o cómo, cuando despiertas, con tus ojitos pequeños por tener que madrugar, ya empiezas a pensar en hacer nuevas cosas, en volar…”.

Unas lágrimas furtivas me obligaron de nuevo a interrumpir la lectura.

Suspirando, apoyé la cabeza en el respaldo del sillón, con la vista perdida en el techo del salón.

Nunca dudé de su amor hacia Sonia, pero leer sus propias palabras, su manera de expresar esa devoción hacia ella, era un trago duro hasta para un tipo escéptico como yo.

Hasta ese momento pensé que su reducido grupo de amigos le conocíamos totalmente, aunque ahora me daba cuenta que sólo habíamos llegado a penetrar su habitual hermetismo hasta cierto punto.

Alberto siempre había compaginado momentos de alegría en que compartía risas y bromas con todo el mundo –siempre estaba dispuesto a acompañar a alguien para animarle y tomar algo- con esos otros en que se volvía introvertido y reservado, como revestido de una armadura impenetrable, al punto de no saber muchas veces lo que sentía o le sucedía hasta que tiempo después, una vez pasada la situación, lo confesaba y se sinceraba.

Pero en las horas malas, en las más difíciles, tenía el don de transmitirnos a todos una ternura capaz de consolarnos y serenarnos de nuestro dolor o pérdida. Un solo abrazo suyo en instantes como esos era suficiente para hacerte sentir una paz especial.

Habíamos llegado a vislumbrar esa cálida sensibilidad que atesoraba, pero era ahora cuando de verdad llegaba a visualizar realmente todo aquel caudal de sentimientos que se escondían dentro de sí.

En aquél momento comencé a entender un poco más el por qué de sus actos cuando se enteró de su enfermedad y lo que había acontecido los últimos días.

“Esta noche me he propuesto escalar en tu horizonte, entrar en tus sueños e hilvanar una nueva fantasía en la que juntos creemos un mundo lleno de ilusiones y proyectos.

Me gustaría, esta noche y cada noche, hundir mi mano en tu pecho, rozar tu corazón con mis dedos, respirar tu aliento envolviendo tu alma en mi alma y tu cuerpo en mi cuerpo.

Me gustaría tener sueños de ti en un mar de silencio, sueños contigo disfrutando de tu sonrisa susurrante de ternura, sueños pensando la añoranza de tu cuerpo... sueños compartidos, sueños con olor a jardín recién regado, sueños de atardeceres en la Toscana, sueños…

Me gustaría dormir contigo sin la urgencia del deseo, velar tu descanso y decirte lo mucho que te amo sin que me oigas, acariciarte entera sin ni siquiera rozarte;  llevarte a los paraísos de mi imaginación en donde habitas sin saberlo; saborear la suavidad de tu ternura y besar esas manos tuyas cansadas de tanto darme la vida.

Me gustaría desterrar de tus ojos la tristeza y melancolía, de tu boca la amarga sonrisa, de tu pecho la angustia y la duda, de tu piel la inercia impasible y adormecida, insuflándote pasión y vida, morir de amor por ti y resucitar cada día.

Hoy me gustaría abrazarte y sólo puedo añorarte, me gustaría verte aunque vives en mi mente, me gustaría escucharte aunque ríes en mi corazón, me gustaría encontrarte aunque estás en mí.

Mantengo la esperanza porque no creo en el adiós, creo en lo eterno, porque nuestro amor no es recuerdo pues vive presente en mí.

Mantengo la ilusión de sentirte porque te quiero, y porque nací para amarte, mantengo la fe en el reencuentro para rozarte con mis dedos.

Entre locura y locura sólo hay vacío, pero debería ser un vacío esperanzado, porque un día volverá la felicidad sin medida… mientras, cierra los ojos y siente como en la oscuridad de la noche entro en tu lecho y rodeo tu cuerpo, cómo se abraza el deseo, cómo buscan mis manos tus piernas que tantas veces acaricié, cómo encuentran mis labios tu espalda, tus hombros, tu nuca, cómo te busco y encuentro, y cómo después de mil horas de abrazos, caricias, susurros y besos, se estalla de gozo fundiéndonos alma con alma, unidos cuerpo a cuerpo.”

Cuando terminé de leer se escuchaban ya los primeros cantos de algún mirlo madrugador. Con cuidado, recogí las cartas y –pensativo- las introduje en un sobre. Me acerqué a la ventana del salón y encendí otro cigarrillo mientras dejaba vagar mi mirada entre los tejados de las casas, sobre los cuales se percibía ya el primer atisbo de claridad del nuevo día.

Había sido testigo mudo de una despedida, de las palabras de un hombre asomado a un precipicio. De alguien que desnudaba su alma –instantes antes de dar su último adiós y dejarse llevar- al borde de un acantilado.

Debió ser a causa de la tensión y el cansancio acumulados, o quizá fue por el whisky, pero los recuerdos y sensaciones vinieron a mí, como materializándose entre las volutas de humo del tabaco.

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Si. Hay historias que a uno nunca le gusta vivir, y mucho menos protagonizar. Historias que hieren y conmueven a aquellos que participan en ellas. Aunque es verdad que sólo esas son las que de verdad transcienden y nos marcan de por vida. Aquellas que al final –ya de viejos- cuando volvemos la vista atrás, comprendemos que son las que nos señalaron el camino que finalmente recorrimos. Sin duda, todo lo que ocurrido durante aquellos meses - y que ahora mi mente se empeñaba en recordarme de nuevo, como si del pase de una pélicula se tratase- me tranformó de una manera imborrable.

Yo conocí a Alberto desde niño. Estudiamos juntos y fuimos amigos casi desde que tengo uso de razón. Un tipo peculiar, entrañable, irónico, fiel, introvertido y sobre todo soñador. Una mezcla que había que conocer bien para poder valorar sus actos.

Con él viví muchas de las experiencias de infancia, adolescencia y juventud que luego construyen nuestra forma de ser, ya adultos.

Desde bien pronto demostró unas dotes especiales para la tecnología y la creatividad, por eso a ninguno de sus amigos nos extrañó que se dedicase al diseño de software para juegos, y que terminase siendo el joven presidente en España de una multinacional del sector. Su cabeza siempre estaba bullendo de nuevas ideas y de nuevos proyectos.

Y quizá eso también hizo que fuese alguien un poco ajeno a los demás, incapaces muchas veces de seguir el hilo de sus acciones o de sus pensamientos. A pesar de ello, siempre le tuvimos ahí, cercano y accesible por encima de todo.

Con el natural transcurrir del tiempo, la vida nos fue llevando a cada uno por nuestro camino, pero mantuvimos el contacto, nos veíamos, recordábamos los viejos tiempos y hablábamos del futuro.

Nunca se había casado, y apenas le conocimos relaciones estables, por eso fue una sorpresa y una alegría cuando en su vida apareció Sonia. Con ella vimos en sus ojos un brillo especial, una sonrisa más franca en su cara y una expresividad que raramente dejaba ver de manera tan abierta. Y junto a ella también aumentó su ya enorme capacidad de soñar.

Pero hay sueños que quizás no tienen cabida en este mundo, tan dado a cortar las alas de las ilusiones y a dejar que nos arrastremos por un páramo de desengaños. Todo ese bullir de proyectos que ella y su amor hicieron brotar en él probablemente provocaron la caída.

Una nueva idea que no es entendida y aceptada, una renuncia a su puesto para emprender el reto solo, y el amargo despertar al ver que sus visionarios conceptos no terminaban de cuajar.

Y a la vez, el trabajo de Sonia y sus viajes, el estrés.

Finalmente a ella no le quedó más remedio que trasladarse a Barcelona. Y Alberto la acompañó en la aventura.

Hasta que una mañana temprano –recuerdo que era un día gris, frío y desangelado, de esos que parecen traer lúgubres presagios y hacen desear no salir de casa- recibí su llamada.

-. “Vuelvo a Madrid” – me dijo, escueto.

-. “Vaya… ¿buenas noticias? – comenté un tanto sorprendido por esa decisión inesperada y por la parquedad de sus palabras. – “¿sale adelante tu proyecto?”

Debí darme cuenta que su frase monocorde no encerraba ninguna alegría, pero de eso fui consciente un instante mas tarde.

-. “No, Falco… es que me han diagnosticado un cáncer”.

Me quedé bloqueado. Sentí que un escalofrío intenso me recorría el cuerpo y se me nublaba la vista.

-. “Parece que agoté mi cupo de suerte en esta vida, y ahora toca bailar con la más fea”- añadió con un punto de amargura en sus palabras.

-. ¿Y Sonia? – conseguí balbucear.

- “No quiero que ella sufra mas por mi culpa, Falco”. – me dijo – “No puedo arrastrarla a este viaje” – su tono de voz comenzó a suavizarse, a emocionarse… estaba llorando. – “Ya sabes lo agobiada que está con su trabajo… ahora está fuera por negocios y le he dejado una carta. Cuando ella regrese a casa yo quiero estar ya en Madrid”.

-. “Pero Alberto, no puedes hacerle eso” –le respondí.

-. “Falco, lo que no puedo es hacer caer sobe ella el peso de esta situación. Bastante ha hecho ya por mí. Esta batalla la he de librar solo, aunque combata por nosotros dos, por nuestro futuro y por nuestros sueños. Pero aunque me mate no estar a su lado no pienso hacerla pasar por este calvario”.

-. “Va a suponer que la has abandonado” – intenté argumentar.

-. “Te juro que solo pensar en causarla dolor me destroza… pero en este caso quiero creer que el daño que le hago es para evitar que sufra viendo como el maldito cáncer me come, como la quimio me altera y me hace revolverme. Se me hace insoportable imaginarla sentada en salas de espera, pasando por la incertidumbre de si el tratamiento funciona o no…” – las lágrimas provocaron una pausa en sus palabras- “si salgo de esta le explicaré todo, y espero que sepa perdonarme por lo que estoy haciendo… pero Falco, la amo demasiado para arrastrarla al infierno. Prefiero que me odie a condenarla a vivir esta pelea a cara o cruz”. – tras un corto silencio, sentenció – “si pretendo salvar nuestra vida juntos, tengo que estar a un paso de destruirla”.

-. “Amigo” –dije con un nudo en la garganta- “respeto tus razones… protege a Sonia a tu manera, si es lo que crees que debes hacer” – hice una pausa para tomar aire y serenar mis palabras- “pero no vas a luchar esta batalla tu solo… yo voy a lucharla a tu lado”.

Fue una guerra cruel.

Incluso hubo momentos en que el destino hizo que todos nos forjáramos la ilusión de poder vencer.

Las primeras sesiones de quimioterapia, aparentemente, funcionaban muy bien, el organismo de Alberto parecía responder positivamente al tratamiento y, entre todos los amigos, procuramos que los momentos más tensos –como cuando comenzó la caída del cabello- resultasen lo menos traumáticos posible y hasta se convirtiesen – creo que jamás olvidaré las bromas y las risas que provocó cuando se presentó un día con un pañuelo pirata en la cabeza- en momentos alegres.

También en aquella época Alberto y Sonia volvieron a retomar el contacto de manera fluida. Pasadas las primeras semanas en las que él decidió dejar un tiempo para que ella asimilase la situación y el distanciamiento físico, las buenas noticias hicieron que sus mutuas llamadas y mensajes fuesen permanentes. Aunque en un aspecto Alberto se siguió manteniendo inflexible. No quería que ella viniese a verle.

-. “Quiero que mantenga el recuerdo de mi imagen con pelo” –decía como justificación, sonriendo. –“no que me vea con esta pinta de calvo con pañuelo pirata” – comentario que siempre hacía acompañado de muecas como las de un viejo bucanero, y que irremediablemente nos provocaban una carcajada. – “no me volvería a tomar en serio” - terminaba, sacando la lengua en gesto burlón.

Por aquel entonces también yo comencé a recibir las llamadas de Sonia, interesada en conocer en privado mi opinión sobre la salud de Alberto, y sus dudas respecto a hacerle caso y venir o no venir. Yo procuré tranquilizarla y darle ánimos.

-. “Sonia, creo que es lo mejor para los dos. Sé que esto es duro para ambos, pero para él es un alivio evitarte esta rutina de hospitales, y le hace estar más tranquilo”- decía para confortarla. – “además, ya sabes que es un presumido y su ego no soportaría que le veas sin sus rizos.”

Ella entre risas contestaba – “que tonto, con rizos y sin rizos le voy a querer igual… ¿o piensa que el pelo lo va a conservar hasta que cumpla 100 años?”

Aquellos días en que la vida resultó casi normal no duraron mucho más. Parecía ser cierto que la suerte estaba siendo esquiva esta vez. El avance del tratamiento se estancó y los médicos decidieron pasar a la radioterapia. Sus rostros serios no dejaban lugar a dudas sobre la gravedad de la salud de Alberto. Fue una nueva jugarreta del azar, un jarro de agua fría para todos, pero él intentó sobreponerse pese a tener que prolongar cada vez más sus estancias en el hospital. Sin perder el ánimo nos pidió cuadernos y bolígrafos para poder seguir escribiendo sobre sus proyectos.

-.“Esto para mi sí que es la verdadera tragedia” – comentaba poniendo una cómica cara de indignación, intentando animarnos – “un amante de la tecnología como yo sin sus ordenadores, obligado a volver al papel y a la tinta como un vulgar amanuense.”

Pero hasta el tiempo de las bromas tuvo su final. Un día, después de una de mis visitas, el jefe de oncología del hospital me esperaba a la salida de la habitación.

-. “Me temo que Alberto está muy mal” – me dijo con seriedad y tristeza. –“estamos haciendo todo lo humanamente posible, pero parece que no es suficiente” – añadió mientras posaba su mano derecha en mi hombro. – “si sigue sin responder a la terapia, vamos a necesitar un milagro”.

Milagros. Maldita sea, hacía años que había dejado de creer en los milagros. La vida me había demostrado que no se pueden esperar. Que esa confianza infantil siempre se ve traicionada y sólo queda la cruda y sórdida realidad. Que nos enfrentamos el solitario a las pruebas que nos depara el destino y que es inútil apoyarse en vanas esperanzas.

Regresé a casa abatido. Aquella noche no logré dormir de rabia y de impotencia. Empezábamos a dejarnos vencer. No era el final, aún, pero si el principio del mismo. Golpeé con los puños la pared de mi dormitorio hasta herirme.

Sangre vertida por mi amigo, por Sonia y por mi propio escepticismo.

Los últimos días en el hospital fueron muy difíciles. Todos sabíamos, incluido Alberto, que el desenlace estaba cerca. Se había jugado para ganar, pero una vez más, en la tirada de los dados del azar, tocaba volver a perder.

Cuando los dolores o la sedación no se lo impedían, aprovechaba los momentos de lucidez para escribir con una pasión y una energía que resultaba casi imposible de imaginar dado su estado de postración. Yo pasaba ratos interminables mirando el brillo febril en sus ojos, mientras su mano trazaba línea tras línea en los cuadernos, como obsesionado por plasmar en ellos una arcana sabiduría de la cual él fuese responsable último de transmitir.

Una tarde, después de verle enfrascado en su tarea durante muchos minutos, cerró los ojos y dejó caer los brazos sobre la cama, como exhausto. Hice ademán de incorporarme, pero me detuvo con un gesto tranquilizador de su mano. Respiró profundamente.

-. “Falco…” – me llamó en tono débil y de claro agotamiento.

-. “Aquí estoy, amigo” –le respondí. – “¿Quieres algo?”

-. “Necesito que me hagas un último favor”.

-. “Claro, lo que quieras”.

-. “Impide que ella venga, que me vea así”.

-. “Alberto, por Dios…”.

- . “Calla… por favor” - dijo con esfuerzo- “haz lo que te pido… quiero que me recuerde como lo que era, no como un patético despojo agonizante… ya ni siquiera puedo hablar sin perder la voz”.

-. “No puedes…”

-. “Te lo suplico, ahórrale todo esto y deja que me pueda ir tranquilo”.

-. “No sé cómo podré impedirlo” –dije a modo de tímida protesta.

-. “Sé que lo harás, siempre has sabido imponerte en los momentos difíciles y ella a ti sí te escuchará…”.

Permaneció en silencio, sin fuerzas, respirando con dificultad, como si acabase de librar una batalla agotadora. Al cabo de unos segundos volvió a dirigirse a mí.

-. “No me da miedo morir, Falco…  lo que verdaderamente me produce terror es pensar en una eternidad sin sus ojos, sin su voz, sin respirar su perfume, sin el sabor de sus besos, sin la calidez de su piel…” -hizo una pausa, extenuado- “Si hablo con ella, si la veo… le haré partícipe de mis temores, los convertiré en suyos…” - los ojos se le anegaron de lágrimas – “No me permitas que le haga esto a Sonia, no me permitas ser débil, Falco… ahora menos que nunca”.

Terminó de hablar y pareció que su cuerpo se quedaba desinflado sobre el colchón, vacío, sin energía.

No supe o no pude decirle que no.

Sonrió levemente y susurró con dificultad – “Gracias…”.

Quedó sumido en una semiinconsciencia, hasta la mañana siguiente.

Aquella noche, de regreso a casa, me enfrenté a la dura tarea de negarle a Sonia la oportunidad de ver a Alberto. De hablar con él.

Marqué su número de teléfono, sintiendo el parco consuelo que proporciona no tenerla cara a cara y evitar decir todo aquello mirándola a los ojos.

Intenté que mis argumentos también transmitiesen todo el cariño, la cercanía y el afecto de que era capaz, pero no podía dejar de odiarme  a  mí mismo por aquello. Tenía la sensación de estar actuando como un sádico sin corazón, robándole la oportunidad de una despedida. De una última mirada de amor, de un último abrazo, de un último beso.

Ella imploró, lloró, gritó hasta quedarse sin voz, me maldijo con la desesperación de la mujer apartada a la fuerza del ser amado. Y  a duras penas conseguí mantenerme firme para intentar cumplir el deseo de Alberto.

Aunque, esta vez sí, la suerte me acompañó para, de una u otra forma, cumplir mi sórdida misión. Ella estaba de viaje en las oficinas centrales de su empresa, en Noruega, y tardaría dos o tres días en poder arreglar su vuelta. Él no viviría tanto.

Había sido como asfixiar un pequeño gorrión entre mis manos. Apenas pude dormir pensando en el dolor inimaginable que acababa de causar por amistad.

Alberto pasó la mañana sedado, tranquilo, y hasta su rostro pareció relajarse después de la tensión del día anterior. A primera hora de la tarde, en un momento de lucidez, volvió a pedir el cuaderno y el bolígrafo… sus últimas energías las dedico a esa tarea, solo interrumpida para secarse unas lágrimas que a cada rato brotaban mansas desde sus ojos y que, lentamente, surcaban su enflaquecido y cerúleo rostro hasta caer sobre el papel. Al cabo de un rato, exhaló un profundo suspiro, y con una leve sonrisa en la comisura de los labios resecos por la fiebre, apoyo el cuaderno sobre las sábanas.

Me acerqué a su lado -aunque parecía no darse cuenta de mi presencia- respiraba con dificultad. Humedecí su boca con un pañuelo mojado. Al hacerlo, abrió los párpados despacio y buscó con los ojos a su alrededor hasta que me vio.

-. “Falco…” - acompañó mi nombre, de nuevo con un amago de sonrisa que en aquel rostro consumido por la enfermedad pareció ya una mueca. -“Esto se acaba”.

-. “No digas tonterías” -dije tomando su mano en la mía – “Te queda cuerda para rato”.

Volvió a sonreír- “Lo siento amigo, pero siempre se te ha dado fatal mentir”- tomó aliento – “Y a mí siempre se me dieron muy mal las despedidas…”

-. “Alberto…” - balbuceé.

-. “No digas nada” - me interrumpió. – “No hace falta… con todo lo que has hecho por mí, sobra ya palabra alguna”. – se detuvo unos instantes, fatigado.

-. “Gracias por estar siempre a mi lado… y un último favor, amigo… las cartas, entrégaselas” – apretó mi mano con debilidad – “Es todo cuanto puedo dejarle ya…”.

-. “Tranquilo, no te preocupes, recogeré las que llevamos a casa y las que tienes aquí, pero ya verás como las acabáis leyendo juntos y…”.

Ya no me escuchaba.

En su rostro se dibujaba un gesto de paz, mientras su mano descansaba -ahora inerte- en la mía.

Si, había sido una guerra cruel.

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Le incineramos aquella gélida mañana de sábado, a primera hora. El sol luchaba por aportar algo de su calor para aliviar el frío que nos atenazaba. Pero era una sensación que llevábamos todos por dentro, el hueco helado que deja en el alma y el corazón el vacío irrecuperable de un ser querido arrebatado.

Allí estábamos su grupo de incondicionales, el resto de amigos, algunos familiares, conocidos y antiguos compañeros de trabajo.

La ceremonia fue breve, y tras unas palabras del sacerdote, el féretro desapareció tras una cortina. Ya sólo restaba aguardar que nos lo devolvieran, mientras la improvisada aglomeración se iba dispersando después del intercambio de palabras de recuerdo y de ánimo y los abrazos de rigor.

Quedamos los tres mosqueteros, como guardias de honor del guerrero caído, esperando la urna con los restos del cuarto espadachín. A mi todavía me faltaba por cumplir la tarea más dura, y por eso les agradecí aquel gesto. Fueron dos horas que parecieron dos días.

Finalmente, nos entregaron las cenizas y los tres nos fundimos en un abrazo antes de despedirnos. Yo deposité la urna en mi coche y me dirigí al aeropuerto. A buscar a Sonia para acompañarla en el último viaje de Alberto.

No tuve que esperar mucho el vuelo de Estocolmo. La vi surgir por la puerta entre gente sonriente que se saludaba y abrazaba, que reía y hablaba. Entre toda esa algarabía humana, el contraste de ella, con su pelo rubio recogido en un moño, gafas de sol, abrigo de color negro y una actitud física –la espalda algo encorvada, los hombros caídos- una manera de caminar y un rictus de su rostro, que eran la viva estampa del cansancio, la pérdida y la derrota.

Me hice ver entre la muchedumbre y saludé con un leve gesto de la mano.

Nos abrazamos casi con desesperación, como  náufragos agarrados a un salvavidas en medio de un mar tormentoso. Dos almas unidas por el dolor. La historia de dos seres anónimos e insignificantes en medio del torbellino de historias simultáneas –alegres o tristes- que ocurrían a nuestro alrededor en el atestado aeropuerto.

-. “Sonia… yo…” - dudé.

-. “Espero” –conseguí decir- “que alguna vez sepas perdonarme”.

No respondió nada, mis palabras tan solo provocaron un incremento del leve temblor que acompañaba sus lágrimas mientras seguía abrazada a mí.

Al cabo de unos minutos fuimos capaces de separarnos y mirarnos a la cara. Sus ojos reflejaban una profunda tristeza, como si fuesen las entradas a dos abismos insondables y vacíos, huérfanos de vida y de luz. Pero tan humanos…  Sonreí levemente, intentando reconfortarla.

-. “¿Quieres descansar un poco?” -Sugerí mientras sujetaba su maleta con una mano y con la otra tomaba afectuosamente una de las suyas. – “Beber algo caliente te sentará bien”.

-. “No, gracias Falco”. –consiguió decir finalmente, mientras intentaba devolverme la sonrisa. – “Estaré bien, vámonos cuando quieras”.

Subimos al coche e iniciamos el viaje. Era la voluntad de Alberto, que sus cenizas se esparciesen desde lo alto del acantilado en la costa al que tantas veces habían ido Sonia y él.

Partimos en silencio, ambos ensimismados en nuestros pensamientos, aunque yo, de vez en cuando, miraba de reojo para ver cómo se encontraba. En un par de ocasiones llegué a observar como dejaba escapar alguna lágrima furtiva.

-. “Falco…”

-. “¿Dime?”

-. “No te tortures más, no tengo nada que perdonarte”.

Paramos a repostar, descansar un poco y tomar alguna bebida caliente. A ninguno de los dos nos apetecía comer.

-. “¿Sufrió?”

-. “Estaba lúcido, pero con sedación, no te preocupes, no padeció dolor”.

Anochecía.

-. “¿Por qué ni ya al final quiso que fuera a verle”?- hizo una breve pausa- “¿ni tan siquiera llamarle?”.

Dudé antes de contestar. Después de media vida repleta de desengaños y fracasos sentimentales, no soy un tipo que se cuestione ciertas cosas, y hace tiempo que ya no me hago ese tipo de preguntas que inevitablemente llevan a nuevas preguntas y que, por lejos que creas haber llegado, al cabo de un rato conducen irremisiblemente al punto de partida.

-. “Yo tampoco lo entendía al principio” -dije tras reflexionar unos instantes- “creo que todo lo que hizo fue por amor… te amaba tanto que renunció a aquello que más anhelaba por no hacerte sufrir”.

Sonia giró la cabeza hacia la ventanilla, la mirada perdida en el paisaje ya borroso por las sombras. Sus hombros se agitaban levemente. Dejé que llorase.

Llegamos al hotel donde había reservado habitaciones, cercano al acantilado, ya de noche. Ambos estábamos demasiado agotados por el viaje y los acontecimientos como para pensar en cenar o prolongar la jornada hablando. Nos despedimos e intentamos descansar.

Aquella mañana me levanté temprano. Pedí un café doble en el bar del hotel y me senté en la terraza, mirando el mar. El día había amanecido gris, cubierto de unas nubes densas que me provocaban una cierta sensación de opresión. O a lo mejor en cielo no era el causante, era mi propio estado de ánimo. A lo lejos divisé el acantilado.

Dejé la taza a un lado del sobre grande color beige donde había guardado todas las cartas de Alberto. Habían pasado ya dos noches desde que acudí al apartamento a recogerlas y había escrito en el exterior el nombre del destinatario: “Para Sonia”.

Junto a ese envoltorio estaba otro más pequeño. Dentro se encontraban la últimas palabras que él escribió en el hospital. El último mensaje enviado con las últimas energías.

Me puse de pie y me acerqué al borde de la terraza, con la mirada perdida en el horizonte. Encendí un cigarrillo.

Percibí una presencia a mi espalda, acompañada de un ligero sonido de pasos que se acercaban. Me giré y la vi acercarse. Pálida, con unas difusas sombras grises bajo sus ojos grandes y tristes. El cabello recogido. Me sonrió.

-. “Buenos días”. – dije a modo de saludo, mientras me sentaba a su lado – “¿has podido descansar?”.

-. “Si, gracias Falco, finalmente pude dormir un poco”- me contestó, mientras su mirada se desviaba hacia los sobres que estaban encima de la mesa.

-. “Son para ti” – dije.

-. “¿Son sus…?” – dudó unos instantes - “¿sus cartas?”

-. “Son tuyas”- asentí.

Me miró fijamente, con los ojos ahora cubiertos de una película húmeda que vibraba ligeramente y parecía brillar.

Despacio, empujé ambos hacia ella.

Hice una seña al camarero para que trajese más café, me levanté y caminé de nuevo hasta la barandilla del mirador, dejando a Sonia un espacio de intimidad, a solas con las palabras de Alberto.

No fui consciente del tiempo que transcurrió mientras fumaba con la vista perdida, sin mirar a nada, sin escuchar nada, sin querer pensar en nada, como aislado dentro de una cámara de vacío transparente, salvo por la única sensación perceptible de la brisa sobre mi rostro.

En un cierto momento salí de mi estado de abstracción y sentí la presencia de Sonia a mi lado, no sé si allí desde hacía rato o acabada de llegar. Ella también miraba al horizonte, hacia el acantilado.

-. “¿Las has leído?” –pregunté al cabo de unos segundos

-. “Si…” -respondió con tono emocionado, sin desviar la vista.

Ambos mantuvimos silencio.

Giró su rostro y me miró con ternura durante unos instantes.

-. “Léela…” -dijo, extendiéndome el sobre blanco con la última carta de Alberto- “…si quieres”.

Permanecí quieto, dubitativo.

Lenta y emocionadamente añadió – “Tú eras su amigo, tú estabas presente cuando la escribió, tú la recogiste de su lecho, tú la guardaste en el sobre y tú me la has entregado… también tienes derecho a conocerla”. Me lo ofreció de nuevo.

Finalmente, lo tomé de sus manos y extraje con cuidado el papel del cuaderno de notas de Alberto, que tan familiar me resultaba. Las marcas de las lágrimas que dejó caer mientras escribía se mezclaban con la temblorosa escritura de sus últimos momentos.

“Llegó la hora. La batalla se acaba, y esta vez no he podido vencer. Yo he de marchar, la Dama Enlutada me llama ya con su lúgubre voz, pero mi corazón y mi alma se quedan aquí, a tu lado, imperceptibles. Escondidos en cualquier rinconcito de nuestra casa, en un cajón, entre los discos o las películas, debajo de la escalera, en la terraza, entre los libros del estudio, junto al ordenador o quizás dentro de tu bolso. Pequeños e invisibles, a la ardiente espera de que quizá alguna vez se sientan recordados y los encuentres de nuevo y te hagan sonreír. Serán mi último regalo para ti.

Me voy sintiéndote a mi lado, acompañado de recuerdos tuyos. Del día que nos conocimos, de cenas con pijotas o platos japoneses, de aperitivos con langostinos y concha fina, de veladas con limoncello mirando alguna serie italiana, de esperas en la estación deseando verte, de risas, de abrazos, de caricias, de viajes, de la alegría adornando nuestro decrépito arbolito de Navidad, de paseos cogidos de la mano sintiendo tu calor, de miradas de reojo asombrado de lo guapa que estabas, de esperanzas… de mil y un pequeños detalles de cada día, pero que para mí son imborrables.

Todos ellos me servirán para poder soportar este último atardecer. Miraré la brujita que ríe o el llavero del perrito que me regalaste con las llaves de casa, y los ojos me brillarán de emoción. Releeré una última vez las notitas que me dejabas en el baño cuando te marchabas temprano, que guardaba para sentirte cerca cuando no estabas y que todavía conservo. A mis oídos llegará una última vez el eco de tu voz llamándome. Y a mis ojos llegarán imágenes de otros tiempos, cuando cocinaba para ti los platos que tanto te gustaban, mientras tú cortabas en trocitos los ingredientes. Imaginaré sentir el peso de tus piernas sobre las mías mientras mirábamos la televisión. Mis manos trazarán movimientos en el aire, añorando el contacto de las caricias en tus pies, los masajes en tus piernas, el calor de tu espalda al recorrerla o tus ronroneos al jugar con mis dedos en tu cabello.”

Conmigo estarán también todos aquellos sueños que nunca fueron y que ya nunca podrán ser. Los sueños de una vida juntos. Los sueños que me acompañaban cada día que tú estabas fuera y que me hacían más llevadera tu ausencia. Los sueños que me permitían no desesperar. Un fin de semana en Roma o Londres, explorar México, una paseo en coche de caballos por Central Park, una puesta de sol en la Toscana, un amanecer en pleno Ngorongoro, una cena romántica en París o una boda en una sencilla capilla, escuchando una música que he seleccionado mil veces en esas tardes que no estabas. Y ese bebé pequeño que tanto anhelabas… y que yo también deseaba pese a no saber expresártelo con palabras.

Lo que lamento más en esta hora es no haberte podido regalar ni una pequeña parte de ellos. No darte todo aquello que merecías y que yo deseaba con todo mi corazón poder entregarte algún día. Porque fue tu amor el que me hizo volver a tener ilusiones y esperanzas. Porque estuve muerto, tú me devolviste la vida y ansiaba poder llegar a pagarte todo ese amor que me otorgaste. Porque te he amado, te amo y te seguiré amando. Con la fragilidad de un tierno brote aferrado al pedacito de tierra que le hace existir. Con el silencio de un pequeño planeta que no tiene voz para agradecer a su sol el calor y la luz que recibe. Un amor que quizás muchas veces te pasó inadvertido como el canto de un pequeño pájaro en un parque lleno de niños, como el susurrar de la brisa entre los árboles o como el rumor de un suave oleaje al rendirse en la orilla. Pero tan real, tan verdadero y tan lleno de vida como ellos.

Y con el último aliento, pediré perdón por no haber sabido hacerte sentir todo lo amada y respetada que debiste, por intentar hacer las cosas a mi manera sin darte las explicaciones que necesitabas para no dudar. Por no haberte aliviado en tus momentos de zozobra, por estar demasiado ofuscado con mi situación. Y rogaré por ti, por que estés bien, porque en tus ojitos brille la alegría y desaparezca la sombra de la tristeza. Porque en tus labios se dibuje una sonrisa y en tu pecho anide la felicidad. Porque encuentres el camino que te lleve a tus sueños y la vida te colme de dicha.

Yo me voy ya, mi amor, mi tesoro, mi cielo, mi vida… por eso es la hora de cumplir con el “sálvate tú”. La hora de que te liberes de todo el sufrimiento de estos meses y recuperes tu espacio, tu alegría, tu vida y vuelvas poco a poco a reír de nuevo y a ser tú misma. Porque si tu vives, yo viviré en ti.

Y por favor, regálame un signo de amor y no llores…

Piensa que estar contigo ha sido para mí el más maravilloso de los premios que he recibido. Has sido mi rosa fresca en mitad del árido camino de mi vida. Mi oasis. Has sido mi verdadera redención al haber conseguido que, antes de irme, supiese lo que es amar.

Para mí ha sido un placer caminar por la vida de tu brazo. Gracias por compartir este tiempo conmigo.

Sálvate, sal de las sombras y ríe de nuevo a la luz.

Un último y enorme beso mi amor, mi pececillo, mi princesa elfa… para siempre.”

Tuve la misma sensación de vacío, de pérdida, que dos noches atrás. Regresé la carta -justo encima del sobre grande donde estaban las demás- mientras intentaba que desapareciese aquella opresión que atenazaba la boca de mi estómago. Dejé que mi mirada vagase de nuevo por el paisaje de mar y nubes que se perdía en la lejanía.

Allí, enfrente, se erguía imponente la majestuosa silueta del acantilado.

Al cabo de unos minutos me volví hacia Sonia. Ella me seguía observando con gesto de ternura.

Aguanté su mirada, hasta reunir fuerzas suficientes para dar el paso.

-. “Creo que te gustará conservar esto”. – dije en voz baja, extrayendo unos objetos del bolsillo.

Le entregué el muñeco de la brujita y el llavero de alambre con forma de perrito. Los llevaba conmigo desde que abandoné el hospital, dudando del instante adecuado para dárselos, pero después de leer su carta supe que aquel era el momento.

-. “Alberto los tenía en la cama junto a él cuando…” - no terminé la frase.

-. “Aquí tienes”. – continué al cabo de un segundo.

Se quedó mirando las dos figuras que aún permanecían en mi mano. Unas lágrimas brotaron irresistibles de sus ojos al reconocerlas mientras, muy despacio, las tomaba y acercaba hasta su pecho.

-. “Te esperaré en el coche”. – dije, apenas pudiendo contener la emoción, y me alejé dejándola sola con sus recuerdos.

En el momento que abandonaba la terraza, escuché a mi espalda la risita pícara de la muñeca que, a duras penas, ahogaba el sonido de unos sollozos.

Recorrimos los pocos kilómetros de sinuosa carretera que nos separaban del camino del faro y el acantilado en media hora, ambos sumidos en un pesado y triste silencio que la sensibilidad a flor de piel -provocada por tantos acontecimientos- y el cansancio acumulado, parecían hacer aún más profundo.

-. “Sin él a mi lado este lugar ha pasado de ser cálido, acogedor y familiar a parecerme frío e inhóspito… desconocido”. – dijo Sonia al bajar del coche, cruzando los brazos y encogiéndose con un gesto infantil, como intentando protegerse del aire que, a rachas, azotaba la cumbre.

-. “Siempre hablabais de la magia de este sitio… pero quizá la magia estaba en vosotros, en lo que el acantilado os inspiraba”.- respondí.

-. “A lo mejor lo que hace que sea verdaderamente especial es el amor que os habéis profesado, y del que estos farallones han sido un mudo testigo, un cómplice silencioso”. – me atreví a añadir, no sin sorprenderme a mí mismo por pronunciar tales palabras, que creía ya desterradas de mi vocabulario.

Ella me observo con mirada interrogante, sin duda impactada también porque un escéptico como yo utilizase semejantes argumentos.

Quizá fueron aquellas frases que surgieron tan de improviso mis labios, o tal vez el cúmulo de sentimientos que en su interior pugnaban por salir y que nuestra presencia en el acantilado terminó de desbordar, pero el hecho fue que Sonia comenzó a hablar, sin dirigirse a nadie en particular. A ella misma, a mí, o tal vez a todo un mundo que –invisible- nos rodease. Utilizaba un tono de voz emocionado, que reflejaba la tensión que vivía y que parecía hacerla vibrar como una cuerda de violín.

-. “Le amé desde la primera vez que le vi, desde que mi mirada se sumergió en el fondo de esos ojos, como de cachorrito abandonado. Esos ojos que reflejaban necesidad de sentir cariño, de que alguien supiese descifrar su enigma y compartir sus anhelos. Tan vivos siempre a pesar de ese velo triste que parecía ocultar su brillo”. – dijo abrazándose aún con más fuerza, como arropándose para acumular suficiente energía para seguir.

-. “Le amé tanto que la rabia me consumía cada vez que veía como cesaba de luchar y se abandonaba en solitario a esos viajes mentales de vuelta a los demonios”. – Su figura, recortándose contra el cielo plomizo en lo alto de aquel acantilado, era el vivo retrato del desamparo.

-. “Creí que me dejaba sola, que no era capaz de luchar por mí, por nosotros, por nuestro futuro… aunque hasta tiempo después no comprendí que nunca quiso arrastrarme con él porque también me amaba, que viajar al infierno era su manera de regresar a mí con nuevas energías, la manera que tenía de volver a poner en la balanza lo que teníamos y valorarlo de nuevo para poder seguir luchando… yo le amé… le amo, pero muchas veces mi propio convencimiento en ese sentimiento me hizo no demostrárselo… y el necesitaba de esa energía para seguir adelante. Llegué a pensar que era yo la única dispuesta a seguir adelante porque no entendía su aparente pasividad… no supe mirar en sus pequeños gestos, en su manera de decir sin palabras que si cuando todo andaba torcido él seguía allí era porque seguiría siempre”. –sus ojos brillaban por la emoción, casi de una manera febril.

-. “Fue un triste capricho del destino… mientras yo languidecía por su aparente falta de interés, y dejaba de demostrarle mi amor, el se quedaba sin fuerzas al no sentir mis muestras de cariño. Y sin dejar de amarnos nos estábamos distanciando”. – Bajó la vista, agotada, como si sus últimas fuerzas hubiesen generado aquel torrente de sentimientos convertidos en palabras.

-. “Creo…” – dije dubitativo. El aquel sorprendente reencuentro con la expresividad, no sabía muy bien cómo transmitir lo que pensaba- “creo que tanto amor os consumió… preferíais callar a herir, a preocupar, a cargar al otro con vuestros problemas. Y ese silencio os acabó matando. Porque ambos vivíais de las palabras del otro. De sus actos”.

Ella ya no pudo contener las lágrimas por más tiempo, y se abrazó a mí, de pronto frágil y desconsolada como una niña. Su cuerpo, delicado como el de una figurita de porcelana, se agitaba levemente por el llanto.

Nunca tuve la capacidad de Alberto para reconfortar a los demás, incluso mi propia cubierta de escepticismo era una barrera que bloqueaba mi expresividad, pero el aquel instante traté de ampararla, estrechándola con toda la calidez y todo el afecto del que fui capaz. Intentando convertirme en un manto protector que pudiese otorgarle un poco de paz y de cariño.

Permanecimos largo rato allí, de pié, contemplando el horizonte en un silencio solo roto por el graznido de las gaviotas, el ulular del viento entre las rocas o el batir de las olas contra los farallones, sumidos en nuestros propios pensamientos.

La caricia de la brisa contra mi rostro y el vivificante aroma a salitre me sacaron repentinamente de aquel estado, devolviéndome a la realidad de lo que todavía quedaba por hacer.

Taciturno, me acerqué al coche, y a los pocos minutos regresé -caminando entre las rocas y los arbustos- con las cenizas de Alberto.

Esperé, paciente, hasta que Sonia se percató de mi presencia. Ella, como recién salida de un profundo sueño, se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, hasta que los acabó fijando en la urna que transportaba en mis manos.

Las lágrimas surcaron de nuevo su rostro.

-. “Es la hora de cumplir con la promesa que le hicimos sus amigos. Ya le hemos traído hasta aquí”. – dije con toda la delicadeza de la que era capaz - “nosotros le quisimos, le acompañamos, le escuchamos, reímos y hasta lloramos con él, pero Alberto te amaba a ti, su corazón y su alma siempre fueron tuyos… por eso estas cenizas te pertenecen más que a nadie”.- añadí.

-. ”Sonia, yo…” – sentí un nudo en la garganta, y necesité unos segundos antes de continuar. – “yo siento que os robé la última oportunidad de veros en vida… de hablaros… de expresaros vuestro amor… de despediros…” – parecía que me quedaba sin voz por momentos.- “os debo a ambos este último momento juntos… a solas”. – ya no pude continuar hablando.

Tendí las cenizas hacia ella.

Sonia permanecía con la cabeza inclinada hacia adelante, la mirada perdida en el rocoso suelo, pero poco a poco sus manos se fueron levantando hasta que, muy lentamente, deposité la urna entre sus dedos.

Al aferrarla, pareció volver de su ensoñación. Levantó la vista y, con afecto reflejado en su triste rostro, me dedicó una leve sonrisa.

Su recogido en el pelo se agitaba con la brisa, su cara era espejo de lo intenso de toda la emoción acumulada -y que hasta ese momento ella todavía pugnaba por controlar- pero que se adivinaba por un leve temblor en los hombros.

-. “Gracias”- me dijo- “Gracias por quererle… y por esperarme”. - Nuevas lágrimas resbalaron por sus pálidas mejillas.

Yo asentí con un gesto amistoso, mientras ella giraba su cuerpo y su mirada hacia el mar.

Quise decir algo, alguna palabra que la reconfortase, pero comprendí que ella ya no me escuchaba. La contemplé unos segundos antes de decidir alejarme unos pasos y preservar su último momento de intimidad. Sus últimos instantes juntos antes de la despedida. Esa que no pudieron darse en vida.

Me dirigí caminando despacio hacia el faro, sintiendo todavía aquel nudo que apretaba mi garganta. Busqué un cigarrillo y lo encendí, luchando contra el aire que me azotaba, e inhalé con fuerza intentando que el humo me ayudase a aliviar, siquiera un tanto, aquella angustia que parecía formar ya parte inseparable de mi ser.

No creo que ninguno hubiésemos querido que esto terminara así, aunque como pequeño consuelo pensé que, al menos, habían vuelto a reunirse en su acantilado. Pero no era bastante. Ya no.

En ese momento anhelé volver a tener Fe. Esa esperanza perdida una fría noche, hacía ya tiempo.

Deseé con todo mi corazón que la magia de aquel lugar especial fuese capaz de obrar un milagro. Que sus almas se uniesen en un solo yo para toda la eternidad.

Hasta un tipo tan desencantado como yo quería creer. Necesitaba creer.

Volví la cabeza hacia atrás por un momento. Ella seguía allí, al borde de la pared de roca, abrazada todavía a las cenizas de Alberto. Una solitaria e indefensa figura femenina empequeñecida por la grandiosidad de la naturaleza que nos rodeaba. Con su vestido negro y su cabello rubio, ya suelto, agitados por el viento. Inmóvil. Con la mirada perdida en el infinito. Mirando hacia un mundo que yo no podía adivinar.

De nuevo me giré hacia el faro, encendí otro cigarrillo y, pensativo, dejé vagar la vista por el gris y opresivo cielo de aquel largo y triste día.

-. “Si hay algo más allá de esta perra vida, más allá de desfilar por esta fría y deshumanizada pasarela de poses calculadas en que hemos convertido nuestra existencia, si el amor verdadero existe, espero que ellos lo encuentren en la eternidad”. – me dije, apretando las mandíbulas.

-. “Si esto fuese así, quizás todavía este cochino mundo tendría algo de sentido y merecería la pena seguir luchando”.

Arrojé la colilla al suelo y la aplasté furioso con la punta del zapato.

Con las manos en los bolsillos, mi mirada volvió de nuevo a perderse en la distancia, donde el mar de agua y de nubes se abrazaban como dos amantes.

Fue una brecha sutil al principio, como un pequeño desgarro en una tela. Como un fino corte practicado por un bisturí, y por el cual empezó a filtrarse la claridad.

Muy lentamente unos tímidos rayos de sol se abrieron paso por aquella rendija en el cielo, agrandándola, pareciera que su calor pudiese fundir la oscura capa que cubría el día.

De pronto, como en un estallido mágico, la abertura se hizo más amplia y la luz penetró con intensidad, como el haz del foco de un reflector en mitad de la noche. Los rayos se reflejaron contra el -hasta ese momento- gris mar, y su superficie comenzó a rielar como si un millón de estrellas se hubiesen puesto a brillar a la vez. Una sinfonía de luminosidad en la que parecían bailar, fundiéndose en uno solo, el sol y el agua.

Me quedé absorto contemplando aquél espectáculo, hasta que el tiempo dejó de tener sentido, y una vez más en aquellos días, no pude contener las lágrimas, que resbalaron sin freno por mi rostro.

Esa maravillosa visión era como vivir un milagro. Era el milagro.

En lo más profundo sentí como si un secreto me estuviese siendo revelado. Como si la aridez de mi espíritu estuviese siendo aliviada por una lluvia suave y prolongada. Como si la paz hubiese llegado para terminar con mis conflictos. Como si un vacío inmenso y frío se estuviese rellenando de calor y la esperanza en que toda esta vida tiene aún sentido. Como si mi corazón se desprendiese de la capa de hielo que lo había mantenido atrapado tantos años y un manto de renovada ilusión viniera a sustituirlo. Ilusión en que, tal vez, saber lo que es amar, vivir ese amor pleno, aunque sea por un instante, justifique toda nuestra existencia.

En ese momento tuve la certeza que, detrás de mí, todo había terminado.

O mejor dicho, que había comenzado para siempre.

UN CUENTO DE ENERO

UN CUENTO DE ENERO

Aunque tenía el día libre, se despertó temprano sin necesitar siquiera que sonase el despertador. Saltó de la cama y se asomó a la ventana del dormitorio. Era una preciosa mañana del mes de enero, con un sol radiante que brillaba en el azul intenso del cielo, limpio de toda nube. Se alegró aún más. Un viernes magnifico con un tiempo magnífico para celebrar su cumpleaños.

Debía darse prisa para organizarlo todo como quería, así que apuró unos segundos más la belleza de aquella despejada mañana invernal y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha y terminar de despejarse.

Diez minutos después se vistió con unos pantalones vaqueros desgastados y un jersey de lana azul de cuello vuelto y se puso unos botines cómodos para salir a la calle y poder caminar toda la mañana.

Una vez vestido, se dirigió a la cafetera para preparar su solo doble habitual. Soplando hacia el denso y oscuro líquido, sujetó la taza caliente con las dos manos mientras repasaba mentalmente todo lo que necesitaba comprar para preparar la velada, memorizando los básicos.

Mientras lo hacía, una sonrisa se reflejó en su rostro. Estaba contento e ilusionado. Era su cumpleaños y la esperaba a ella. Cumplía cuarenta y tres años, si,  pero se sentía –feliz y enamorado- como si cumpliese veinte. Esta vez quería ser él quien preparase la sorpresa, y por eso nada debía quedar al azar.

Después de toda aquella mala racha con demasiado trabajo y demasiado estrés, deseaba demostrar lo mucho que la amaba. Y  ese deseo le alegraba enormemente.

Terminó el café, se enfundó el chaquetón azul de marinero, y recogió de la repisa de la cómoda las gafas de sol y los guantes del primer cajón. Consultó la hora en su teléfono móvil: las nueve y media.

Salió del apartamento, tomo el ascensor y ya en la calle sintió en el rostro el golpe de aire frio, primero, y después los rayos del sol invernal. De nuevo sonrió.

Contento, se dirigió andando hacia el coqueto y bien surtido mercado -recién inaugurado y con una amplia variedad de tiendas de productos frescos, delicatesen, vinos y detalles para el hogar-  en el que había pensado realizar las compras.

Había planeado cocinar alguno de los platos favoritos de ella, así que decidió dar una vuelta por los pasillos e ir viendo los diferentes locales. El lugar era realmente agradable y vistoso y no pudo evitar imaginar lo mucho que le gustaría estar paseando en ese momento junto a ella, cogidos de la mano, y comentando entre risas todo lo que veían.

Con ese buen humor, una vez recorrido el centro comercial, decidió lo que prepararía de cena: un tartar de atún rojo -con cebollino y huevos de codorniz-  que a ella tanto le entusiasmaba. Pensó que una docena de ostras sería el entrante perfecto. Mientras le preparaban el pedido, vio también unos percebes gallegos grandes y frescos, y no pudo evitar recordarla de nuevo y comprarlos también. Sabía que le encantaban.

En una de las enotecas eligió las bebidas: unas botellas de Veuve Clicquot y otra de Alter Enos, y para endulzarse tras la cena compró también un Casta Diva.

Durante un rato se detuvo dubitativo ante el escaparate de una de las tiendas de decoración. Buscaba algo para vestir la mesa aquella noche. Finalmente se decidió por un conjunto de velas de Sybila en distintos tonos anaranjados, y una pequeña colección de piedrecitas bellamente pulimentadas.

Sonrió. Aquella noche recrearía para ella ese lugar de la costa en el que tanto les gustaba pasar largos ratos abrazados, contemplando el horizonte.

- “Qué lugar mejor para el marisco que unas rocas”.- pensó, sin poder evitar una pequeña carcajada, al tiempo que miraba a su alrededor.

La gente le observaba reír de manera inquisitiva, y se sonrojó un poco, pero no le importó, estaba contento.

Escuchó sonar el teléfono y rápidamente lo sacó del bolsillo del vaquero, expectante. Eran las once de la mañana, pero no era ella. Respondió a la llamada y agradeció cortés y alegremente las felicitaciones.

Cuando ya se marchaba, recordó un último detalle, algo dulce de postre  -una chuche, lo llamaba ella- así que entro en una de las tiendas de delicatessen con una idea clara de que compraría: marrón glacé. Sonrió de nuevo pensando en lo mucho que le gustaría.

Satisfecho, se dirigió de nuevo a casa para empezar a organizarlo todo.

Por el camino se produjeron nuevas llamadas de felicitación, a las que respondía con un gesto feliz  que iluminaba su rostro.

Al llega al piso dejó las compras recogidas y preparadas, y salió de nuevo a tomar el aperitivo con unos amigos que le esperaban. Más felicitaciones y risas, aunque siempre pendiente del teléfono –no podía evitar mirarlo cada cinco minutos- por si llamaba ella.

Después de picar algo regresó a casa. Durante un rato de descanso se dedicó a hacer una selección de música italiana – a ella le encantaba- para escuchar esa noche. Y el móvil siempre a la vista.

La tardé pasó rápido entre preparar la mesa – elegir la mantelería, platos, cubiertos, copas- y adornarla con las velas y las piedras. Volvió a sonreír de nuevo pensando en su pedazito de costa favorito. Terminó de preparar los ingredientes de la cena y, satisfecho, se preparó un café y se sentó a descansar un poco y relajarse antes de arreglarse. Había seguido recibiendo llamadas, aunque todavía sin saber de ella. Imaginó que tendría uno de esos días repletos de reuniones interminables y estaría muy ocupada, además, había regresado el día anterior de viaje de trabajo y supuso que eso la tendría aún más atada. En cualquier caso, él la había citado en su casa a las ocho, aunque sin desvelarle nada de la cena, y mucho menos de la sorpresa que había preparado.

Convencido de cómo había quedado todo, se afeitó y se duchó tranquilamente –con el teléfono siempre a mano- y se vistió para estar ya listo. Eligió el traje negro de Armani, una camisa blanca de Hugo Boss –con los gemelos negros de nudos que ella le había regalado- y unos Lotusse negros de cordones. Antes de volver al salón, se dirigió a la mesilla de noche, abrió el cajón y recogió un pequeño estuche.

Se acomodó en el sofá, dejó el teléfono sobre la mesita baja delante de él y miró su reloj. Las siete y cinco.

Con cuidado, abrió la cajita que había tomado de la mesilla del dormitorio. Era un anillo de oro blanco que formaba un lazo en su parte superior, y cuyos extremos estaban rematados por dos diamantes. Le había gustado desde que lo vió por primera vez en el escaparate de la joyería y siempre había pensado que era una bonita manera de expresar amor. Dos partes entrelazadas formando un solo cuerpo. Con ese anillo pensaba pedirle esa noche que se casara con él. Esa era su sorpresa.

Debido a cambios internos y a ciertas convulsiones que ella había tenido que sufrir en su trabajo, los continuos viajes y las muchas horas que debía dedicar a sus nuevas responsabilidades –unido todo ello con su propia situación, en la que su nuevo cargo también le había supuesto un enorme desgaste físico y mental- su relación se había visto afectada por la falta de cercanía. Pero pese a los altibajos –en realidad él se sentía más enamorado todavía precisamente al no poder estar juntos todos los días, por ser consciente de la felicidad y la ilusión que ella le producía nada más escucharla, verla o sentirla- deseaba hacerla feliz con todas sus fuerzas. Verla reír, mirar embobado su carita de sueño al despertar por las mañanas, acariciar sus piernas con un masaje relajante, preparar cenas tranquilas en casa disfrutando de la compañía y la conversación, planificar escapadas sorpresas de fin de semana para evadirse del día a día y perderse juntos para amarse…

Las ocho.

Recibió un par de nuevas llamadas de felicitación y –con una cierta sensación de inquietud- decidió encender ya las velas y sacar el champán en una cubitera llena de hielo.

-. “No puede tardar mucho más en llegar”.- pensó, intentando evitar la desazón que comenzaba a apoderarse de él.

Repasó mentalmente los últimos días. Es posible que llevasen un tiempo algo más herméticos el uno con el otro, que les faltase la comunicación y la complicidad de antes, pero era algo que sin duda debía estar provocado por su ajetreada vida profesional. No podía tratarse de nada más.

Llevaban más de un mes sin hacer el amor, sin esos abrazos con los que casi se cortaban el aliento de tanto estrecharse, uno en brazos del otro. Pero pensaba que eso se debía más al cansancio que a otra cosa. Él la amaba más que nunca. Aquello era algo puntual.

Las diez.

¿Y si el repentino mutismo de ella se debiese a algo más que  el estrés? Tal vez no había sabido reconfortarla lo suficiente en los últimos tiempos, que se sintiese querida, comprendida, escuchada, apoyada… a lo mejor ella se había sentido sola, empujando el carro de una relación por un camino que, de improviso, se había plagado de baches y piedras.

Seriamente preocupado, llamó por teléfono. Saltaba su buzón de voz.

Las once.

Reconoció que él había estado tan absorto con sus propios problemas que no prestó la debida atención a los de ella. Ahora recordó que había evitado hablar de temas serios con la excusa de que ambos necesitaban relajarse y olvidar preocupaciones. Recordó las miradas tristes de ella. Recordó cómo salía a la terraza a fumar y escuchar música, con el deseo de estar sola durante un rato.

Recuerdos, recuerdos, recuerdos…

De manera inconsciente, en su mano, apretaba la cajita con fuerza. Un rictus de preocupación surcaba su rostro, y sentía una aguda punzada en la boca del estómago. Ya no sonreía.

Notó vibrar su móvil sobre la mesita, y como un resorte lo recogió. Las doce menos cinco. Era un mensaje. De ella.

-. “Felicidades”.

Se quedó observando fijamente la pantalla del teléfono hasta que se oscureció, y lenta, muy lentamente, lo volvió a dejar en su sitio.

Por unos instantes se quedó inmóvil,  mirando al vacío, como una estatua desprovista de vida. Al cabo de un tiempo, que pudieron ser apenas unos segundos o toda una eternidad, se dirigió a la mesa de comedor, todavía servida y engalanada, y apagó las velas -ya medio consumidas y perdida su grácil forma- con las yemas de los dedos.

Caminando despacio, se acercó a la ventana.

A través de los cristales contempló la oscura noche, iluminada tenuemente por las farolas de la calle. Los pequeños árboles, desnudos de hojas, se agitaban –indefensos y desamparados-  en manos del viento que se había levantado. Se sintió cansado, como envejecido de golpe, ya sin la levedad, la ilusión y la alegría que parecían haber hecho volar su espíritu durante todo el día. Pero permaneció de pie, con la mirada perdida entre las sombras. Así se mantuvo, como petrificado, hasta que un ligero temblor le sacudió el cuerpo.

Sintió frio, aunque continuó inmóvil, los ojos fijos en la nada, viendo sin ver.

El escalofrío hizo que su mano izquierda -en la que llevaba durante toda la noche el pequeño estuche- se abriese, dejándolo caer.

La cajita impactó en suelo –él ni siquiera lo oyó-  y el anillo salió despedido, rodando bajo los muebles.

Una lágrima se deslizó por su mejilla.

Ese costoso don 2 (la historia de él)

Ese costoso don 2 (la historia de él)

Sonreí, aunque mi gesto no hizo más que arrancarte una ligera respuesta en la comisura de tus labios.

-Me ha gustado conocerte, te dije. Tus ojos, muy abiertos, parecieron querer decirme algo por un momento, pero finalmente te encogiste ligeramente de hombros e hiciste un gesto con las manos. Ese gesto tan tuyo que siempre me recuerda al de la jovencita con trenzas que llevas dentro de ti.

Quizá por ese recuerdo, o quizá por poder prolongar más tiempo esa complicidad que se nos escapaba por momentos, como arena entre las manos, mis dedos volvieron una vez más a buscar el cálido contacto de la piel de tus hombros.

Un ligero estremecimiento tuyo acompañó mi caricia, haciéndome desear perderme en esa calidez, en esa suavidad y en ese perfume que tu piel parecía prometerme.

Me dejé llevar una vez más por las sensaciones, deleitándome plenamente con el tacto de mis manos resbalando por la seda de tu negligé, adivinando bajo ella tus suaves formas.

El contorno de tu cuello y tu nuca desnuda llamaron de nuevo a mis labios, que esclavos acudieron a rendir pleitesía a tu piel. Me dejé arrastrar con los ojos cerrados por la misteriosa ruta de tu espalda, embriagado por el aroma de tu cabello, y paladeando, extasiado, el contacto con tu cuello, el lóbulo de tu oreja derecha. Y de nuevo tu cuello. Y de nuevo tu nuca.

-No podría olvidarte nunca aunque quisiera, te dije.

Abrazado a tu cuerpo, en ese instante, hubiese deseado olvidarlo todo, encadenado a tu cintura eternamente. Asida mi alma a tu presencia con el ansia y la desesperación del náufrago al madero salvador.

Pero en ese mismo momento, cuerpo contra cuerpo, alma con alma, supe que no tenía derecho a llevarte conmigo al abismo oscuro y frío de mi locura y mi incertidumbre.

Muy despacio; mis manos primero, mi espíritu después, me fui separando de ti. Con una última mirada intenté grabar tu imagen en mi retina, quieta en medio de la habitación, con tus ojos, siempre tan llenos de vida, cerrados a mi visión.

Con miedo a qué decir y sin saber qué callar abrí la puerta del cuarto sin atreverme a mirar atrás. Entre nosotros, como tantas veces antes, estaba de nuevo ella. O mejor dicho, su fantasmagórica presencia.

Con paso más inseguro que rápido, salí de allí buscando la salida de tu casa y de tu vida. Justificando, como siempre, una nueva huida y un nuevo adiós.

Al pulsar el botón del ascensor recordé el sobre que me entregaste al llegar, y que deliberadamente deposité sobre la cómoda. Un acto reflejo casi me obliga a volver atrás, pero de nuevo el miedo agarrotó mis piernas para impedirme olvidar mis pesadillas.

Obcecadamente me dediqué a mirar el cristal esmerilado de la puerta del ascensor mientras los segundos se transformaban en siglos, y una extraña sensación de vértigo se apoderaba de la boca de mi estómago.

Aun sabiendo que en ese sobre se encontraban probablemente las palabras que indultarían por fin mi atormentada alma, decidí conformarme con la tranquilidad que produce la certidumbre del infierno conocido. Tras una eternidad esperando en ese descansillo vacío, abrí las puertas del ascensor y de mi fuga.

-¡Falco!

Tu voz retumbó en mi interior haciéndome temblar como a un niño en una noche de tormenta.

-¡Falco!

En un último acto desesperado, mi pie derecho se interpuso en el camino de las puertas que se cerraban, mientras mi mirada se quedó fija en tu imagen, desmadejada y nerviosa, que se acercaba a mí con el sobre en la mano.

La luz del descansillo reflejándose brillante a tu espalda te hacía aparecer ante mí con un aura resplandeciente, como salida de un sueño, con los rayos de sol atravesando tu melena suelta. Como la primera vez que te vi. Como mi Dama del Lago surgiendo ante el caballero postrado.

- Toma, lo has olvidado.

Tus palabras me hicieron volver de la ensoñación y te vi ahí, tendiendo hacia mí el sobre cerrado.

Como en  el borde de un precipicio, instantes antes de un último vuelo y el impacto final contra las rocas, las imágenes de una vida vacía vinieron a mis ojos, sabiendo que si no aceptaba tu sobre diría adiós a mi última esperanza de conjurar su fantasma.

Pudo ser una sonrisa, o un amago de sonrisa. Pudieron ser palabras que no surgieron porque sólo hablaron nuestros ojos. Tan solo fue un gesto mientras que las puertas, al cerrarse, te alejaban de mí. El ascensor se deslizaba despacio. En él, en la superficie de sus brillantes paredes, junto a mí, viajaba la última visión que tuve al asomarme a la profundidad de tu mirada.

- Llámame, te dije como despedida, siempre que quieras.

Mi postrera petición de auxilio, porque sabía que no habría llamada. Ambos sabíamos que los fantasmas no se dejan vencer por las llamadas de teléfono, y a los dos la vida nos ha enseñado a paladear un minuto de paraíso en el erial de la existencia cotidiana, sin pensar en nada más.

Y me pregunté durante mucho tiempo, y aún sigo preguntándomelo, por qué en esos momentos se quedan grabados detalles tan nimios. Una eternidad con la vista puesta en un solo mensaje: "Impida que los niños viajen solos".

Quizá no seamos más que niños a los que han sacado de su cuarto de juegos para encerrarnos en una habitación oscura, y que seguimos buscando el camino de vuelta a nuestros caballitos, nuestras casitas y los cuentos de antes de dormir. Sólo niños indefensos a los que nos han llevado de la casa de chocolate y caramelo a la mazmorra del ogro y la bruja.

Y me lo pregunto también ahora mientras, apoyado en una cámara, indiferente a los gritos histéricos del director de turno contra todo y contra todos, mis ojos no pueden separarse de la visión de tu escote, oculto sólo a medias por la bata, mientras te mueves como una reina en medio del plató.

- Qué manía la tuya, - me repito teniendo el cuidado de mantener las mandíbulas bien apretadas- de querer acabar solo y borracho en una barra de bar. Al fin y al cabo no eres más que una de las miles de vidas, de historias, de sueños o de quimeras que van a morir frente al frío acantilado de madera, ladrillo o zinc en cuya cima no ondean gallardetes de reinos perdidos, sino grifos de cerveza y etiquetas multicolores de bebidas. Aunque estandartes o licores vengan a significar lo mismo: imaginarios mundos por descubrir, explorar y recorrer, borrando las miserias y la monotonía que arrastramos cada día, y que llegamos a vislumbrar, por un instante, entre el alcohol que se disuelve en nuestras copas: La llegada a la Isla del Tesoro, al país de Fantasía o a las minas del rey Salomón. Inocentes sueños que la vida va transformando en sueños más húmedos o en psicotrópicas pesadillas.

- ¿Estáis dormidos? ¿Úrsula, terminas ya con el maquillaje o no?

La voz del director me devuelve a la realidad mientras un extraño olor a jazmines me envuelve.

Vuelvo a mirarte a los ojos, a tus profundos ojos. No se si es la luz del plató o mi propia imaginación, pero por un momento puedo ver mi imagen reflejada en tus pupilas, y aunque mi propia mirada ha perdido ya inocencia y pureza, sustituidas por deseo y por miedo, todavía me es posible apreciar un brillo que delata al niño que sigue buscando la lámpara maravillosa y a una niña a quien el príncipe calza por fin con el perdido zapato de cristal.

- ¿Estamos ya? ¿Listos?... ¡Acción!

Mecánicamente aprieto el botón de grabación.

Huele a jazmines... No lo había pensado antes, pero me gustan los jazmines. Me gusta mucho el olor a jazmines. ¿Olerá así cuando los fantasmas desaparecen?

Ese costoso don 1 (la historia de ella)

Ese costoso don 1 (la historia de ella)

Esta es la adaptación de un relato corto de una buena amiga y mejor escritora.

Gracias a su historia surgió esta versión y la réplica vista por el otro protagonista.

 

Sonreíste, y yo traté de hacerlo, pero la sonrisa desapareció mucho antes de llegar a mi boca.

Me ha gustado conocerte, dijiste. Y yo busqué palabras con las que corresponder a las tuyas, pero parecía que todas se hubieran escapado por un agujero negro que, sin saber cómo, había aparecido justo en el centro de mi cabeza. Por eso me encogí ligeramente de hombros e hice un gesto con las manos. Uno de esos gestos indefinidos a los que recurrimos para que hablen por nosotros.

Quizá por mi silencio, o quién sabe por qué, tus dedos volvieron a acariciar mis hombros. Y tuve que hacer un esfuerzo para que mi piel no me traicionara,  y para que mis ojos no te describieran, sobre la superficie del espejo en la que se reflejaban, todos los secreto de mi alma; y para no girarme ciento ochenta grados cuando tus manos resbalaron  por la seda de mi negligé color marfil. Y tuve que luchar para no dejar escapar mis emociones cuando tus labios rozaron mi nuca y mi cuello, y besaron el lóbulo de mi oreja derecha,  y de nuevo mi cuello, y de nuevo  mi nuca.

No podría olvidarte aunque quisiera, dijiste. Y yo, cerrando  fuertemente los ojos, y tratando de hacer eterno aquel instante, atesoré tus palabras en ese rincón solitario que es mi alma, y las incrusté en mi piel.

Y, aún con los ojos cerrados, oí abrirse la puerta de la habitación, un largo silencio y, de nuevo, el sonido que me hizo saber que ya entre nosotros se encontraba ella.

Agité la cabeza obligándome a regresar a la realidad. Qué diferente el calor de tus manos de aquel intenso frío que me produjo sentir sobre mi cuerpo el crepé  de la blusa. ¡Qué  fría era, y qué solitaria estaba!

Sobre la cómoda, cercano a mi collar de plata y jade, continuaba el sobre, que no habías abierto cuando te lo di, y que dejaste sobre ella sin un gesto de menos o de más.

Me había dicho una vez y otra que no te llamaría, que no lo haría nunca, pero aquello era distinto, y corrí  para alcanzarte, al tiempo que con una sola mano abotonaba ojales con los botones que no les correspondían.

Escuché el clic y el sonido metálico de las puertas del ascensor, abriéndose ya.

- ¡Falco!, -te llamé no sé si temblorosa o un poco avergonzada- ¡Falco! 

Con el pie derecho impediste que las puertas se cerraran. Y ya muy cerca de tus ojos, pero a una prudencial distancia de ti, te alargué el sobre.

- Toma, lo has olvidado.

Pudo ser una sonrisa, o un amago de sonrisa. Pudieron ser palabras encadenadas unas a otras. Tan  sólo fue un gesto mientras que las puertas, al cerrarse, te alejaban de mí y de mi vida. El ascensor se deslizaba despacio. En él, en la superficie de sus brillantes paredes, junto a ti, viajaba mi pensamiento.

Llámame, habías dicho como despedida,  siempre que quieras.

Y yo pensé, mientras arrugaba el sobre en mi mano: no, no te llamaré, me importas demasiado.

Y me pregunté durante mucho tiempo, y aún sigo preguntándomelo, por qué en esos momentos se  quedan grabados detalles tan nimios: la calidez del pelo suave y largo de la moqueta del pasillo bajo mis pies descalzos, el crujir de mi falda y su resbalar entre mis rodillas; el aroma a rosas de un ambientador quién sabe si barato o caro.

Me lo pregunto también ahora cuando tus manos, ¡no podrías imaginar cuánto las añoro!, reposan sobre una de las cámaras, la que tú manejas como nadie, que parece que se ha quedado alelada, y el director, girando sobre si mismo, da voces como un poseso, y jura y perjura, y amenaza con sustituir a todos. A ti no, princesa, -me dice acariciando mi mejilla-, como si no le conociera, o sus exabruptos me preocuparan.

Y me lo pregunto ahora, mientras tus ojos, que hoy parecen más oscuros, resbalan una vez y otra por mi  escote que esta maldita bata deja tan a la vista, y tu boca totalmente cerrada me susurra palabras que nunca me dirás, y las manos de Úrsula se afanan en encontrar el milagro que le permita disimular, aún más, las arrugas de mi cara.

Qué manía la tuya, -me digo-, de llegar siempre tarde a todo, princesa. Y me consuelo recordando las palabras del príncipe de los agrestes brezales de Cornualles: "si en plena juventud se supiese todo sobre la armonía y la gracia ya no se llamaría juventud". Y me las repito, una y otra vez, mientras espero a que retorne la calma, y a que se escuchen las palabras mágicas que poniendo en acción las cámaras me regalen el costoso don del olvido.

El suelo es áspero. Y está  frío. Las manos de Úrsula también. No, no es a rosas, huele a jazmines. Me gustan los jazmines, me gusta mucho el olor a jazmines.

EL VUELO DEL KAMIKAZE

EL VUELO DEL KAMIKAZE

Era el invierno del 2006. Le conocí una noche en Madrid, en un pequeño y tranquilo bar, con nombre de título de bolero, en la zona de Huertas. Uno de esos locales que por fuera parecen anodinos, pero que una vez dentro te hacen sentirte rodeado de una atmósfera especial. No sé muy bien por qué entré, probablemente porque parecía estar casi vacío, y eso concordaba perfectamente con cómo me sentía aquel día.

Al llegar ni siquiera me fijé en él, sólo le vi después de haber pedido una copa, encender un cigarrillo y dejarme llevar por la tenue luz y la suave música de jazz que daban personalidad al local. Estaba sentado solo en un rincón, escribiendo en una especie de agenda o diario de tapas de papel envejecido, con unos libros, un paquete de tabaco, un cenicero a medio llenar y una copa sobre la mesita baja que tenía delante de él.

No era ni muy alto ni muy bajo, ni guapo ni feo, ni demasiado joven ni demasiado viejo. El típico tío que no llamaría mi atención cuando se entra en un local de moda, pero en el que te terminas fijando si te tomas el tiempo suficiente para volver a mirar al cabo de un rato. Tenía el pelo castaño oscuro, ondulado y no demasiado largo, una nariz que dotaba de personalidad al rostro y una barba incipiente que endurecía en parte sus rasgos. El jersey negro de cuello vuelto y un gesto un tanto sufrido en su cara le otorgaban una apariencia melancólica, entre duro y bohemio.

Pero fueron sus ojos los que me llamaron la atención, o mejor dicho, lo que sus ojos transmitían. En ellos parecía habitar un fulgor especial, pero no de forma fija, sino que ese brillo ascendía y descendía mientras el mensaje que se podía leer en aquella mirada parecía pasar de la ilusión a la tristeza más profunda. No eran unos ojos grandes, ni unos ojos perfectos según el canon estético que impera, pero eran ojos vivos, ojos que han vivido. Como esas joyas antiguas, quizás desfasadas, que no terminan de ajustarse al gusto de hoy pero que están dotadas de un halo especial que te hace fijarte en ellas y atrapan tu imaginación al pensar en la cantidad de historias que habrán protagonizado.

Escribía y fumaba a la vez, completamente absorto y aparentemente ajeno a lo que ocurría a su alrededor. Sólo de vez en cuando levantaba la cabeza y su mirada se perdía a través de las cristaleras del local hacia la calle poco iluminada.

-“O es un poeta, o el típico “culturetas” que juega a filósofo, o uno más con mal de amores.”– Pensé según le miraba.

Pero había algo más en él. Algo que no terminaba de entender en su gesto y que despertaba mi curiosidad. Dentro de ese aire melancólico que le rodeaba se adivinaba algo más profundo, como una fuerza o una determinación desconocida y que me empezaba a intrigar.

-“Eres tonta.” – Me dije.

-“Si te acercas y le preguntas, seguro que te da una explicación de lo más anodina y vulgar sobre lo que hace… eso si no se trata del típico que se dedica a ligar poniendo esa pose interesante.”

Decidí dejar mi imaginación tranquila, encender otro cigarrillo y concentrarme en el tema de Miles Davis que comenzaba a sonar en ese momento.

Se llamaba Falco. Su apellido nunca lo supe, como no supe jamás tantas cosas que debía atesorar en su interior.

Ahora, pasado el tiempo, me sigue pareciendo increíble que se pueda llegar a saber tanto de alguien, y a la vez desconocer los aspectos más básicos y cotidianos de esa persona.

-“Me estoy confesando antes de irme”.- Fue la respuesta que me lanzó, acompañada de una leve sonrisa, a mi pregunta de qué hacía escribiendo tan concentrado.

Reconozco que su frase me desconcertó. No era algo que me esperase.

Cuando finalmente me dejé llevar por mi curiosidad y me acerqué a él con la copa en una mano y el cigarrillo en la otra, estaba preparada para escuchar cualquier otra cosa, menos algo así.

Mi primera intención fue reírme, pero algo me dijo que él estaba hablando en serio y reprimí esa muestra de incredulidad.

-“No, ahora fuera de bromas, ¿qué haces? ¿eres escritor? ¿es una carta para alguien?”- comenté, intentando usar un tono curioso pero algo desenfadado.

Él levantó de nuevo la vista de sus papeles y me miró con esos ojos suyos, ahora con expresión de cansancio y cierta tristeza.

–“¿No has visto nunca a un hombre decir adiós?”- me dijo lentamente.

Aquella respuesta lanzada, mientras seguía con mis ojos pendientes de su mirada, me dejaron sin palabras. Intenté balbucear una disculpa y volver a la barra un tanto avergonzada, pero él, al mismo tiempo que hacía un gesto tranquilizador con la mano, continuó: -“Siéntate si quieres, no estoy escribiendo sobre nada inconfesable”.

Cerró su agenda y apartó los libros para dejarme espacio donde apoyar mi copa.

Me acomodé a su lado mientras intentaba darle una explicación sobre mis actos:

-“Perdona, es que te vi aquí, escribiendo tan concentrado, que me ha llamado la atención. Ahora es raro ver gente hacerlo, y más si es en un sitio como este.”- hice una pequeña pausa y proseguí: -“Tengo un defecto, y es que soy muy curiosa, si algo me intriga, me invade la necesidad de saber por qué sucede.”-

Él me escuchaba asintiendo, mientras su mano izquierda jugaba con una alianza dorada que llevaba en el dedo anular de la mano derecha.

-“¿Estás casado?”- dije sin pensar.

-“Si… estoy casado… o eso quiero creer”- respondió él en tono triste, mientras bajaba los ojos y se miraba el anillo.

-“¿Problemas sentimentales? Bienvenido al club.”- comenté, intentando utilizar un tono distendido. –“Por cierto, mi nombre es Ariadna.”- le extendí mi mano en señal de saludo, quizás por preservar un poco su intimidad, y la mía, en vez de intentar el par de besos tan habitual. Él la tomó entre las suyas, y mirándome a los ojos me dijo: -“Un placer conocerte, Ariadna… un hermoso nombre mitológico, aunque su historia de desamor con Teseo no sea tan bella”.

-“Bueno, estas cosas pasan, lo importante es poder decir al final que fue bonito mientras duró.”- lo dije con una media sonrisa e intentando mantener cierto aire desenfadado.

-“El recuerdo de lo que fue bello y fue bueno.” Me respondió, mientras tomaba un nuevo un cigarrillo del paquete encima de la mesa.

-“¿Eso es de una canción de Serrat, verdad?”-le contesté.

-“Si…”- me dijo con un gesto que luchaba por parecer sonrisa. – “Lucía.”-

En ese momento dudé si prolongar más la conversación. Parecía evidente que no era un tipo que intentaría ligar conmigo, lo cual agradecí profundamente, pero no estaba muy segura hacia dónde podría seguir una charla como esa. Pero algo dentro de mí deseaba saber más de él, conocer el por qué de ese brillo en sus ojos y, aún más, de aquello que se ocultaba más profundamente tras ellos.

Mi parte más racional me avisaba que tal vez no me gustaría lo que a lo mejor descubría, pero mi curiosidad se había desatado desde que había visto aquella dichosa mirada suya.

Él también pareció dudar de seguir la conversación, como un tanto reticente a abandonar su improvisado aislamiento en aquel rincón del local. Finalmente, con un ligero suspiro, volvió a observarme unos instantes hasta que se decidió a seguir hablando: -“Este es un sitio tranquilo, y la música es buena, uno puede estar concentrado aquí… estar solo sin estarlo.”- comentó, a modo de explicación.

-“Y fue donde hablamos la primera vez…”- continuó con un susurro y mirando de nuevo su alianza.

-“¿La quieres mucho?”- Me sorprendí a mi misma haciendo semejante pregunta. Él también pareció quedar impresionado con mis palabras, y con un ligero respingo subió de nuevo su vista y volvió a mirarme directamente. –“¿Y cómo no hacerlo si ella es el amor de mi vida, mi amor verdadero?”-. Lo dijo con una seriedad y una rotundidad que de nuevo reprimieron un primer impulso por mi parte de reírme. Y sus ojos. Mientras pronunciaba aquellas palabras pude ver en su mirada ese amor del que me hablaba, lo real que era para él, y la profundidad de ese sentimiento. Sentí vértigo.

-“¿Cómo estás tan seguro de que es así?, ¿Cómo puedes saber que ella es tu amor verdadero?, ¿Que no es una relación como otras que, supongo, habrás tenido?”- Conseguí cuestionarle a duras penas, mientras me recuperaba de la impresión que me había causado lo que vi en aquellos ojos.

De manera muy tranquila, las palabras empezaron a brotar de su interior al mismo tiempo que el fulgor volvía a sus pupilas: -“¿Has sentido alguna vez nacer en ti la sensación de la perfección?, ¿de encontrar a la persona que te hace sentirte pleno después de haber vivido mutilado, de ver florecer tu lado más sublime, tener la sensación de compartirlo todo junto a aquella a la que tu alma ha buscado desde el principio de los tiempos, la que es capaz de que des lo mejor de ti mismo?, ¿de sentir que, por fin, junto a esa persona, la existencia alcanza su verdadero sentido?, ¿sabes lo que es la plenitud de pasar del  “yo” al “nosotros”?, ¿la plenitud de la renuncia y de la entrega, de ser íntimamente consciente de desear la felicidad de la otra persona sin exigir nada a cambio, ni siquiera la felicidad propia? ¿la plenitud de dar por el mero hecho de haberme encontrado a mí mismo?, ¿sabes lo que es, por fin, saber que has alcanzado a sentir lo que es el AMOR, por encima del espacio, del tiempo o de la propia materia?”.- Me estremecí. No, no era la mirada de un loco, ni siquiera la de alguien alterado o en exceso vehemente. Era la mirada de alguien de verdad enamorado, de alguien que, mientras habla, está viendo la imagen de su ser amado con los ojos bien abiertos.

Me recuperé un poco a tiempo de comprobar que él me miraba como esperando alguna respuesta por mi parte. Yo podía entender en cierta medida lo que me acababa de decir, pero a mis 35 años jamás había llegado a sentir algo así. Incapaz de argumentar algo y, lo reconozco ahora, con una punzada de envidia, decidí contraatacar: -“¿Y si todo eso es así, por qué estás aquí solo?”- A su rostro volvió el gesto triste mientras me contestaba: -“Mi amor, por grande que sea, no deja de ser humano, y por lo tanto imperfecto. Muchas veces, el más elevado sentimiento no llega a la persona amada porque no sabemos expresarlo, de forma que toda la calidez, la paz, la pasión y la ternura que queremos transmitir llega diluida… y el amado, al no sentir en plenitud nuestra respuesta, languidece, cae, se levanta, y de nuevo busca a su alrededor…”- Al terminar sus palabras, bajó la mirada y se movió para encender un nuevo cigarrillo.

-“¿Entonces?, ¿os habéis separado?”- pregunté con una mezcla de vergüenza y tristeza.

-“Nos hemos dado un tiempo”- me dijo sin levantar la vista mientras volvía a jugar con la alianza de su dedo anular.

-“¿Para saber lo que quiere?”

-“Para saber a quién quiere.”

Me quedé helada… de nuevo no me esperaba algo así. Hasta ese momento había pensado que estaba ante alguien que pasaba un mal momento con su pareja. Uno de esos momentos de duda en el que los miedos, las obligaciones, la rutina y la convivencia diaria nos hacen plantearnos la vida, y un temor irracional sale a flote, nos confunde, incapacitándonos para avanzar en nuestro camino vital y en nuestros afectos.

-“Eso quiere decir que… ¿hay otra persona?”

-“La hay”- contestó sin levantar la vista. -“Alguien con quien ha sentido la alegría, el cariño, la admiración y el deseo que yo no he sabido transmitir”- continuó.

No acerté qué responder… me pude imaginar la situación en la que se encontraba, pero me sentía incapaz de dar una palabra de ánimo o de hacer el típico comentario para quitar hierro al asunto. Me di cuenta que dijese lo que dijese, sonaría a palabra hueca, y decidí respetar su dolor con mi silencio.

Él se levanto de pronto, aplastando a la vez el cigarrillo en el cenicero, y comenzó a recoger sus cosas.

-“Creo que por esta noche ya has escuchado bastantes penas… lamento no haber podido regalarte una conversación más animada.”- dijo mientras se ponía su cazadora y recuperaba de la mesa su cuaderno y sus libros.

-“Ha sido un placer hablar contigo, Ariadna, aunque temo haberte aburrido con mis cosas.”-

-“Para mi también ha sido un placer, Falco.”- dije, a la vez que estrechaba la mano que me ofrecía en señal de despedida.

-“Ánimo y suerte.”- añadí, mientras él ya salía del local.

Me quedé sentada, mirando la puerta por la que acababa de marcharse, mientras mi cabeza intentaba asimilar todo lo que había sucedido desde que se me había ocurrido entrar en aquel bar.

Sentí pena por él, por su dolor desgarrador, por ese amor tan grande que le desangraba. Y sentí pena por mí, por mis miedos, por mi manera de escapar siempre, por mi soledad, por mi incapacidad para vivir un sentimiento como el suyo. Y sentí pena por todos, por una sociedad en la que hemos perdido la capacidad de dejar aflorar nuestro yo más íntimo, la capacidad de entregarnos, la capacidad de mirar las cosas con ojos de niño, con inocencia, con ilusión… Y también tuve envidia de su amor. Y de ella. Por un momento tuve envidia de ella.

No dormí bien. Últimamente no lo hacía, pero aquella noche no pude desprenderme de la imagen de aquellos ojos que pasaban de reflejar la mayor de las ilusiones a transmitir una infinita pena. El día me pasó como en una nube, incapaz de concentrarme en nada, como esperando algo. Al caer la noche, los pasos me llevaron, no sé muy bien cómo, de nuevo a la puerta de aquel bar. Llovía, pero encendí un cigarrillo sin atreverme a entrar, dejando que el agua cayese sobre mi pelo, empapándolo. ¿Qué hacía?, ¿Qué esperaba encontrar allí?, ¿Saciar mi curiosidad sobre su historia o algo más?, ¿quería zambullirme en la profundidad de aquellos ojos y descubrir lo que ocultaban en su fondo?, ¿quería saber, tal vez, después de 35 años y tantas historias fallidas, lo que significaba AMAR?.

Tiré la colilla al suelo, la pisé con mi bota haciendo girar la suela una y otra vez y, resuelta, entré en el local. Nada más cruzar la puerta respiré hondo y miré a mi alrededor: La misma sensación del día anterior, La misma atmósfera, la misma luz tenue, el mismo jazz… y el mismo rincón donde, de nuevo, estaba él.

En aquella ocasión el “hola Falco” y el “hola Ariadna” surgieron de forma natural, como si encontrarnos allí formase parte de la rutina habitual de nuestras vidas. De nuevo el amistoso apretón de manos y de nuevo su invitación a sentarme.

Aquella noche descubrí más de su historia. Cómo se conocieron, la familiaridad que sintieron al hablar, la confianza, la calidez, la facilidad, la complicidad… los sentimientos que ambos sintieron renacer, las sensaciones nuevas que experimentaban cada día que se veían. El primer beso, “su nochevieja”, la primera vez que hicieron el amor, las lágrimas de alegría, la isla de Lanzarote, la sensación de haber encontrado lo siempre anhelado…

Y a través de aquellos ojos y de aquellas palabras me fui adentrando en su mundo mágico, acompañándole en aquel viaje entre los recuerdos, que brotaban de él con calidez, con ternura y con cierta melancolía, pero con la convicción de tratarse de algo real, de algo todavía vivo y presente, no de imágenes del pasado.

Compartí con él la ilusión de cuando decidieron vivir juntos, de “descubrir” su casa en una tranquila zona de Madrid, de cómo hicieron el amor nada más firmar el contrato. La compra de muebles, los bricolajes, los viajes, los sueños compartidos a ritmo de una canción de Serrat.

Y también fui descubriéndola a ella, a su “pajarillo”, como él la llamaba casi con lágrimas en los ojos. Su pasado, su familia, sus amigos, su forma de ser, su fuerza, sus miedos, sus dolores, su búsqueda permanente.

Aquella noche, a través de aquellos ojos y de aquellas palabras, entendí un poco más el camino del amor, de lo que significa sentir que la vida es aridez, y piedras, y vacío. Que el sendero agota, desespera, mina, nos recuerda a cada paso la soledad del caminante. Y entendí lo que significa encontrar, en medio de ese desierto de sentimientos, una flor, una rosa roja, tu propia rosa. Esa rosa que es más bella por estar bañada por el rocío de la mañana y contrasta con el secarral que la rodea. Como el amor, que resulta más hermoso y más limpio cuando está humedecido por las lágrimas.

De nuevo fue él quien me hizo regresar de esa especie de trance hipnótico en el que me encontraba:

-“Tengo la sensación de estar aburriéndote con mis cosas, no tengo arreglo, lo siento”- me dijo con una leve sonrisa de disculpa.

-“Al contrario Falco, me encanta que estés compartiendo conmigo algo tan personal.”- contesté acercando mis manos para tocar las suyas.

Él se desprendió del contacto, encendiendo un nuevo cigarrillo. Las volutas de humo rodearon su rostro mientras me miraba.

-“Gracias.”- dijo con voz suave.

Para romper el impasse me fijé en su cuaderno y le pregunté: -“¿Y eso que escribes que son?, ¿poemas?, ¿cartas?”-

-“De todo un poco”- me contestó. –“Hace años, en una época en la que estaba solo, durante las vacaciones en las que me marchaba a bucear, aprovechaba las noches junto al mar para escribir en un cuaderno, al que titulé  “el diario del peregrino”. En él reflejaba mis impresiones, mis ideas, mis miedos y mis miserias. Una manera de hacer salir a la superficie todo aquello que guardamos oculto en nuestro interior y que nos lastra.”- hizo una pequeña pausa para volver a mirarme fijamente.

-“Este cuaderno es algo parecido, aunque ahora lo llame “el diario del kamikaze.”

-“¿Por qué kamikaze?, ¿esos no eran unos japoneses fanáticos que se inmolaban estrellando sus aviones?”- respondí sorprendida.

-“Era gente normal, como tu y como yo, con una causa para vivir y una causa para pelear. Y lo hacían incluso frente a los acontecimientos en su contra. La única cuestión es que se rebelaban contra la sensación de impotencia, de verse arrastrados, se rebelaban contra la humillación y lo denigrante de verse rendidos y sin respeto. Finalmente, lo que distingue a un kamikaze de otra persona, es que se reserva el derecho de decidir por sí mismo dónde y cómo libra su último combate. De optar porque el punto final no lo pongan otros, sino que lo pone uno mismo.”-

Estaba como agarrotada, mirándole fijamente a los ojos. Unos ojos que ahora mostraban determinación y entereza, pero no dureza. Al contrario, no dejaban de transmitirme cierta dulzura.

-“Yo no se rendirme, no puedo… no quiero. Pelearé por mi amor con todas mis fuerzas, aunque nadie me lo pida, hasta dejar mi último átomo de energía. Después, pase lo que pase, al menos sabré que lo di todo por quien amaba, y que mi pelea fue digna del amor que siento por ella.”- terminó de hablar e hizo ademán de recostarse en el asiento, como cansado tras liberarse de una tensión.

-“Creo que de nuevo te estoy abrumando con mis historias.”- dijo, más relajado, con una sonrisa.

-“Que va… sólo es… que no dejas de sorprenderme.”- estaba algo afectada por lo que me acababa de contar.

-“Te voy a aburrir, y acabaras escapando de aquí, como me suele terminar pasando con todas las mujeres.”- comentó con una mueca que pretendía resultar irónica, pero que evidentemente denotaba sufrimiento.

Se puso de pie de pronto, sin darme tiempo a reaccionar, y con la misma meticulosidad del día anterior, comenzó a recoger sus cosas.

-“No me voy a arriesgar a que pase, así que creo que es mejor que te deje terminar tu copa tranquilamente.”- añadió mientras guardaba el tabaco en su cazadora y me dedicaba una sonrisa.

-“Un placer de nuevo, Ariadna… y gracias por tu paciencia para escucharme.”- su mano de nuevo se acercó a mí, a modo de despedida.

-“Es un privilegio poder hacerlo, Falco”- contesté mientras nuestros dedos se unían y mis ojos miraban los suyos.

Encendí un nuevo cigarrillo mientras él salía del bar y me dedicaba un gesto de saludo antes de perderse en la oscura y lluviosa noche. La vidriera mojada del local y la tenue luz de las farolas, que se reflejaba en el agua, daban un toque irreal a la imagen del exterior. En mi interior sentía esa misma sensación de irrealidad.

Sus historias, sus vivencias, su amor y su dolor, todo ello se mezclaba con mis propias experiencias, mis sueños, con mis propios miedos y con mis propios deseos.

Quería saber más, necesitaba saber más. Había llegado demasiado lejos, había vislumbrado imágenes que ya no me permitían dejar que aquel extraño encuentro terminara así.

Aquella noche mis sueños se llenaron de imágenes de felicidad, de ilusiones compartidas en los que él y ella eran protagonistas, para dejar de serlo al instante mientras sus rostros se transformaban en el mío y en el de mis relaciones anteriores. Pero irremediablemente todo aquel baile onírico terminaba siempre en la instantánea de sus ojos, de su mirada, de su cara encuadrada por una cinta de seda blanca con un círculo rojo en su centro, que ceñía su frente y sus sienes.

En aquellos días, mi visita a aquel bar se convirtió en algo cotidiano y familiar, como el zumo de por la mañana, el último cigarrillo antes de apagar la luz de mi mesita de noche o la soledad de mi cama. Una rutina que me aliviaba de mi monotonía diaria: los atascos, mi trabajo, mis compañeros, mis comidas rápidas, mi agenda llena, mi contestador vacío… Cada vez con la misma duda antes de entrar y cada vez con la agradable sorpresa de verle a él, sentado en su sitio de siempre, con su cuaderno, sus libros y su sempiterno paquete de “Marlboro” a medio consumir. Y ese mismo aire melancólico. Y esa misma mirada. Esos mismos ojos. Sus ojos.

Durante cada una de las veladas que siguieron continuó mi particular viaje a Ítaca de la mano de sus historias. Fui participe de la organización de su boda, de las ilusiones y proyectos que fueron construyendo día a día, de los momentos tensos, de los momentos de apoyo mutuo, de comprensión y de intimidad más profunda. De mohines enfurruñados, de risas, de caricias, de besos. Estuve con ellos, bañada por el sol, la tarde de junio en que se prometieron, con las manos entrelazadas y un brillo mágico en los ojos, compartir sus vidas eternamente. Bailé junto a ellos la danza del amor, viajé al corazón de África transportada por sus ilusiones, me embelesé como él fotografiando el cuerpo desnudo de ella, soñé con los niños que soñaron tener, hice cuentas para comprar su casita en la playa, su refugio, junto al mar que tanto amaban, lloré de amor por ella con él… Y también vi venir los negros nubarrones, sus problemas en el trabajo, la incertidumbre que empezó a invadir la vida de ella, los silencios de él por no agobiar, la pequeña grieta que presagiaba la fractura.

Y compartí con él la vigilia de la noche en que ella no volvió a casa hasta el amanecer, y su intento de cambio, y la sensación de cómo la tierra se desliza bajo los pies, y la proximidad del abismo… y la caída al vacío.

Lloré la ausencia de ella, compartí con él la desesperación, los fantasmas, las noches eternas, la cama fría… las heridas de los recuerdos, las heridas de los hechos, las medias verdades, las mentiras, la horrorosa certidumbre de la presencia de otro. Me mantuve a su lado mientras sus sentimientos se plasmaban en versos y cartas, mientras inflaba globos de colores con los que alegrarla o elegía flores con las que regalarla. Sentí como mi corazón se partía y mi alma lloraba cuando él supo que su amor anhelaba otro amor, otras manos y otros besos. Me esforcé con él en demostrar lo mejor de si mismo, en expresar todo aquel caudal de amor que bullía en su interior. Intenté ser fuerte mientras él lo era, recé con él pidiendo fe para seguir creyendo en el amor, esperanza para seguir peleando y consuelo para ambos. Y finalmente le acompañé la mañana en que decidió alejarse para darle a ella su espacio. Para dejar volar a su “pajarillo” sin ataduras. Para entregarle su último regalo de amor: su propia soledad.

En otras circunstancias habría llorado. No sólo por él. No sólo por ella. Hubiese llorado también por mí. Por haber tenido la oportunidad de haber sentido, tan siquiera una vez, que alguien me amaba como amaba este hombre que me había abierto su corazón de aquella manera y me miraba con aquellos ojos.

Pero no sólo me adentré en aquella relación, mi viaje también me llevó a lo más íntimo de su alma, a sus anhelos personales, a sus sueños, a conocer su pasado, sus derrotas, sus armaduras y sus miedos. A escalar con él su acantilado, a mirar las puestas de sol, a subir a su barco y poner proa mar adentro, y a abandonarnos junto a las olas en la playa solitaria de una isla perdida.

Sus ojos me hablaron de egoísmos, de orgullos, de huidas, de perezas, de silencios y de ausencias. Pero también de nobleza, de amistad, de fuerza, de valores y de honor. Me transportaron a momentos de victoria y de derrota, de soledad y compañía, de amor y de olvido. Y finalmente me dejaron frente a la imagen de un cuadro que representaba un árido camino y una rosa, roja y viva, en su centro.

-“Ese camino es mi vida, y esa rosa es ella”- me dijo con calma mientras parecía mirar al infinito.

Sus palabras me hicieron volver al mundo real, a aquel bar de Huertas, y al rincón que ahora me era tan familiar.

Las emociones, las sensaciones y los sentimientos que ahora bullían en mi interior, removidos por aquella especie de rito iniciático que había vivido con él desde que le conocí, apenas me permitían hablar.

-“¿Y ahora qué?… ¿hay algo que puedas hacer o decir para recuperarla?”- conseguí preguntar.

-“Todo lo que pude hacer o decir ya tuvo su momento… si ella ya no lo sabe, ahora no tiene sentido. Es ella la que debe decidir, y yo sólo puedo esperar y confiar.”- sus palabras brotaron de su boca con tristeza, pero no con resignación.

-“Si he llegado hasta aquí no voy a rendirme ahora, debo tener fe y confiar en el amor.”- lo dijo mientras volvía a jugar, por enésima vez, con su anillo de boda.

-“¿Y después, y si a pesar de todo ella te deja, dónde irás, qué harás?”- la pregunta me surgió de sopetón, con cierta vehemencia, como para hacerle ver la inutilidad de empecinarse en una batalla imposible de ganar.

-“¿Después?. Esta pelea la emprendí a todo o nada… si recupero su amor recupero aquello que me da la vida… si pierdo… en el último instante, me quedará el consuelo de haber sabido lo que es amar”.- aquellas palabras las pronunció sin rabia, con madurada determinación, con una tranquilidad que daba miedo.

–“¿Dónde podría huir?” – prosiguió – “Si ella llena mi mundo, no puedo huir más que en ella.”

-“¿Entonces?”- pregunte casi sin aliento, aunque ya creía saber la respuesta.

-“Entonces yo tomaré la última decisión, aquella que nadie me puede robar… y emprenderé mi último vuelo”.- me habló mirándome directamente, y volví a perderme en aquellos ojos, a cegarme con su brillo, un brillo que se transformó en la imagen de un solitario avión, volando sobre el mar en dirección a una puesta de sol.

Bajé los ojos hacia el suelo, sin poderme mover, sintiendo que una tensión interior me agarrotaba, pero a pesar de esa sensación de parálisis que casi nublaba mis sentidos, aún pude oír sus palabras, muy suaves y delicadas, casi susurradas: -“Adiós Ariadna, ha sido un placer, como siempre… y recuerda una cosa… la mitología cuenta que, pese al dolor de ser abandonada por Teseo, al final Ariadna recibió el regalo de ser amada por el mismo dios Baco. Haz como ella… confía en que a ti también te espera tu dios.”-

Por primera vez desde que le conocí, sentí sus labios, delicadamente, besar mi rostro, pero no me atreví a mirar, ni pude mover un músculo. Y sólo escuché ya cómo la puerta del local se abría primero y luego se cerraba.

Aquella noche lloré. Derramé lágrimas de tristeza y de alegría. Mi alma abrió las compuertas que mantenían mis sentimientos embalsados, y estos se derramaron con fuerza, después de tanto tiempo contenidos. Llore por mí, por mi vida, por lo que había hecho y lo que dejé de hacer. Lloré por el amor, por el miedo, por la soledad. Llore por lo divino y por lo humano. Lloré por la hermosura de una puesta de sol y por el horror de una ciudad deshumanizada. Lloré por los que son conscientes y por los que no quieren ver nada. Lloré por él, por ella, por todos aquellos que nos sentimos perdidos en el camino. Y lloré por un mundo que no nos deja llorar.

No era ni muy alto ni muy bajo, ni guapo ni feo, ni demasiado joven ni demasiado viejo. El típico tío que no llamaría mi atención cuando se entra en un local de moda, pero en el que te terminas fijando si te tomas el tiempo suficiente para volver a mirar al cabo de un rato. Tenía el pelo castaño oscuro, ondulado y no demasiado largo, una nariz que dotaba de personalidad al rostro y una barba incipiente que endurecía en parte sus rasgos. El jersey negro de cuello vuelto y un gesto un tanto sufrido en su cara le otorgaban una apariencia melancólica, entre duro y bohemio. Pero fueron sus ojos los que me llamaron la atención, o mejor dicho. Lo que sus ojos transmitían.

Él amó con esos ojos. Amar con los ojos cerrados es amar ciegamente. Amar con los ojos abiertos tal vez sea amar con locura: es aceptarlo todo, las virtudes y los defectos, lo bueno y lo malo, apasionadamente. El amó como un loco.

Nunca volví a verle. Regresé al bar varios días más, pero su rincón, que ya era nuestro rincón, permanecía vacío.

Jamás supe cómo terminó su relación, si ahora será feliz, si ella volvió a ser el centro de su vida, y aquel tiempo que compartimos no es para él más que una parte de un mal sueño para olvidar. O finalmente tomó su decisión, y en plena derrota optó por el último gesto de orgullo, y emprendió aquel solitario vuelo.

La vida se complace en jugar con nosotros como si fuésemos muñecos, y algunas veces nuestra esperanza se ve premiada, pero otras muchas se ríe con nuestro fracaso. No sé cómo resultaría aquella tirada de dados para él. Sólo sé que, pese al tiempo que ha pasado, yo no he conseguido olvidarle. Y mientras espero la llegada de mi dios, algunas noches, vuelvo a ver aquellos ojos, y sueño de nuevo con el vuelo de mi kamikaze.