Ese costoso don 1 (la historia de ella)

Esta es la adaptación de un relato corto de una buena amiga y mejor escritora.
Gracias a su historia surgió esta versión y la réplica vista por el otro protagonista.
Sonreíste, y yo traté de hacerlo, pero la sonrisa desapareció mucho antes de llegar a mi boca.
Me ha gustado conocerte, dijiste. Y yo busqué palabras con las que corresponder a las tuyas, pero parecía que todas se hubieran escapado por un agujero negro que, sin saber cómo, había aparecido justo en el centro de mi cabeza. Por eso me encogí ligeramente de hombros e hice un gesto con las manos. Uno de esos gestos indefinidos a los que recurrimos para que hablen por nosotros.
Quizá por mi silencio, o quién sabe por qué, tus dedos volvieron a acariciar mis hombros. Y tuve que hacer un esfuerzo para que mi piel no me traicionara, y para que mis ojos no te describieran, sobre la superficie del espejo en la que se reflejaban, todos los secreto de mi alma; y para no girarme ciento ochenta grados cuando tus manos resbalaron por la seda de mi negligé color marfil. Y tuve que luchar para no dejar escapar mis emociones cuando tus labios rozaron mi nuca y mi cuello, y besaron el lóbulo de mi oreja derecha, y de nuevo mi cuello, y de nuevo mi nuca.
No podría olvidarte aunque quisiera, dijiste. Y yo, cerrando fuertemente los ojos, y tratando de hacer eterno aquel instante, atesoré tus palabras en ese rincón solitario que es mi alma, y las incrusté en mi piel.
Y, aún con los ojos cerrados, oí abrirse la puerta de la habitación, un largo silencio y, de nuevo, el sonido que me hizo saber que ya entre nosotros se encontraba ella.
Agité la cabeza obligándome a regresar a la realidad. Qué diferente el calor de tus manos de aquel intenso frío que me produjo sentir sobre mi cuerpo el crepé de la blusa. ¡Qué fría era, y qué solitaria estaba!
Sobre la cómoda, cercano a mi collar de plata y jade, continuaba el sobre, que no habías abierto cuando te lo di, y que dejaste sobre ella sin un gesto de menos o de más.
Me había dicho una vez y otra que no te llamaría, que no lo haría nunca, pero aquello era distinto, y corrí para alcanzarte, al tiempo que con una sola mano abotonaba ojales con los botones que no les correspondían.
Escuché el clic y el sonido metálico de las puertas del ascensor, abriéndose ya.
- ¡Falco!, -te llamé no sé si temblorosa o un poco avergonzada- ¡Falco!
Con el pie derecho impediste que las puertas se cerraran. Y ya muy cerca de tus ojos, pero a una prudencial distancia de ti, te alargué el sobre.
- Toma, lo has olvidado.
Pudo ser una sonrisa, o un amago de sonrisa. Pudieron ser palabras encadenadas unas a otras. Tan sólo fue un gesto mientras que las puertas, al cerrarse, te alejaban de mí y de mi vida. El ascensor se deslizaba despacio. En él, en la superficie de sus brillantes paredes, junto a ti, viajaba mi pensamiento.
Llámame, habías dicho como despedida, siempre que quieras.
Y yo pensé, mientras arrugaba el sobre en mi mano: no, no te llamaré, me importas demasiado.
Y me pregunté durante mucho tiempo, y aún sigo preguntándomelo, por qué en esos momentos se quedan grabados detalles tan nimios: la calidez del pelo suave y largo de la moqueta del pasillo bajo mis pies descalzos, el crujir de mi falda y su resbalar entre mis rodillas; el aroma a rosas de un ambientador quién sabe si barato o caro.
Me lo pregunto también ahora cuando tus manos, ¡no podrías imaginar cuánto las añoro!, reposan sobre una de las cámaras, la que tú manejas como nadie, que parece que se ha quedado alelada, y el director, girando sobre si mismo, da voces como un poseso, y jura y perjura, y amenaza con sustituir a todos. A ti no, princesa, -me dice acariciando mi mejilla-, como si no le conociera, o sus exabruptos me preocuparan.
Y me lo pregunto ahora, mientras tus ojos, que hoy parecen más oscuros, resbalan una vez y otra por mi escote que esta maldita bata deja tan a la vista, y tu boca totalmente cerrada me susurra palabras que nunca me dirás, y las manos de Úrsula se afanan en encontrar el milagro que le permita disimular, aún más, las arrugas de mi cara.
Qué manía la tuya, -me digo-, de llegar siempre tarde a todo, princesa. Y me consuelo recordando las palabras del príncipe de los agrestes brezales de Cornualles: "si en plena juventud se supiese todo sobre la armonía y la gracia ya no se llamaría juventud". Y me las repito, una y otra vez, mientras espero a que retorne la calma, y a que se escuchen las palabras mágicas que poniendo en acción las cámaras me regalen el costoso don del olvido.
El suelo es áspero. Y está frío. Las manos de Úrsula también. No, no es a rosas, huele a jazmines. Me gustan los jazmines, me gusta mucho el olor a jazmines.
0 comentarios