Ese costoso don 2 (la historia de él)

Sonreí, aunque mi gesto no hizo más que arrancarte una ligera respuesta en la comisura de tus labios.
-Me ha gustado conocerte, te dije. Tus ojos, muy abiertos, parecieron querer decirme algo por un momento, pero finalmente te encogiste ligeramente de hombros e hiciste un gesto con las manos. Ese gesto tan tuyo que siempre me recuerda al de la jovencita con trenzas que llevas dentro de ti.
Quizá por ese recuerdo, o quizá por poder prolongar más tiempo esa complicidad que se nos escapaba por momentos, como arena entre las manos, mis dedos volvieron una vez más a buscar el cálido contacto de la piel de tus hombros.
Un ligero estremecimiento tuyo acompañó mi caricia, haciéndome desear perderme en esa calidez, en esa suavidad y en ese perfume que tu piel parecía prometerme.
Me dejé llevar una vez más por las sensaciones, deleitándome plenamente con el tacto de mis manos resbalando por la seda de tu negligé, adivinando bajo ella tus suaves formas.
El contorno de tu cuello y tu nuca desnuda llamaron de nuevo a mis labios, que esclavos acudieron a rendir pleitesía a tu piel. Me dejé arrastrar con los ojos cerrados por la misteriosa ruta de tu espalda, embriagado por el aroma de tu cabello, y paladeando, extasiado, el contacto con tu cuello, el lóbulo de tu oreja derecha. Y de nuevo tu cuello. Y de nuevo tu nuca.
-No podría olvidarte nunca aunque quisiera, te dije.
Abrazado a tu cuerpo, en ese instante, hubiese deseado olvidarlo todo, encadenado a tu cintura eternamente. Asida mi alma a tu presencia con el ansia y la desesperación del náufrago al madero salvador.
Pero en ese mismo momento, cuerpo contra cuerpo, alma con alma, supe que no tenía derecho a llevarte conmigo al abismo oscuro y frío de mi locura y mi incertidumbre.
Muy despacio; mis manos primero, mi espíritu después, me fui separando de ti. Con una última mirada intenté grabar tu imagen en mi retina, quieta en medio de la habitación, con tus ojos, siempre tan llenos de vida, cerrados a mi visión.
Con miedo a qué decir y sin saber qué callar abrí la puerta del cuarto sin atreverme a mirar atrás. Entre nosotros, como tantas veces antes, estaba de nuevo ella. O mejor dicho, su fantasmagórica presencia.
Con paso más inseguro que rápido, salí de allí buscando la salida de tu casa y de tu vida. Justificando, como siempre, una nueva huida y un nuevo adiós.
Al pulsar el botón del ascensor recordé el sobre que me entregaste al llegar, y que deliberadamente deposité sobre la cómoda. Un acto reflejo casi me obliga a volver atrás, pero de nuevo el miedo agarrotó mis piernas para impedirme olvidar mis pesadillas.
Obcecadamente me dediqué a mirar el cristal esmerilado de la puerta del ascensor mientras los segundos se transformaban en siglos, y una extraña sensación de vértigo se apoderaba de la boca de mi estómago.
Aun sabiendo que en ese sobre se encontraban probablemente las palabras que indultarían por fin mi atormentada alma, decidí conformarme con la tranquilidad que produce la certidumbre del infierno conocido. Tras una eternidad esperando en ese descansillo vacío, abrí las puertas del ascensor y de mi fuga.
-¡Falco!
Tu voz retumbó en mi interior haciéndome temblar como a un niño en una noche de tormenta.
-¡Falco!
En un último acto desesperado, mi pie derecho se interpuso en el camino de las puertas que se cerraban, mientras mi mirada se quedó fija en tu imagen, desmadejada y nerviosa, que se acercaba a mí con el sobre en la mano.
La luz del descansillo reflejándose brillante a tu espalda te hacía aparecer ante mí con un aura resplandeciente, como salida de un sueño, con los rayos de sol atravesando tu melena suelta. Como la primera vez que te vi. Como mi Dama del Lago surgiendo ante el caballero postrado.
- Toma, lo has olvidado.
Tus palabras me hicieron volver de la ensoñación y te vi ahí, tendiendo hacia mí el sobre cerrado.
Como en el borde de un precipicio, instantes antes de un último vuelo y el impacto final contra las rocas, las imágenes de una vida vacía vinieron a mis ojos, sabiendo que si no aceptaba tu sobre diría adiós a mi última esperanza de conjurar su fantasma.
Pudo ser una sonrisa, o un amago de sonrisa. Pudieron ser palabras que no surgieron porque sólo hablaron nuestros ojos. Tan solo fue un gesto mientras que las puertas, al cerrarse, te alejaban de mí. El ascensor se deslizaba despacio. En él, en la superficie de sus brillantes paredes, junto a mí, viajaba la última visión que tuve al asomarme a la profundidad de tu mirada.
- Llámame, te dije como despedida, siempre que quieras.
Mi postrera petición de auxilio, porque sabía que no habría llamada. Ambos sabíamos que los fantasmas no se dejan vencer por las llamadas de teléfono, y a los dos la vida nos ha enseñado a paladear un minuto de paraíso en el erial de la existencia cotidiana, sin pensar en nada más.
Y me pregunté durante mucho tiempo, y aún sigo preguntándomelo, por qué en esos momentos se quedan grabados detalles tan nimios. Una eternidad con la vista puesta en un solo mensaje: "Impida que los niños viajen solos".
Quizá no seamos más que niños a los que han sacado de su cuarto de juegos para encerrarnos en una habitación oscura, y que seguimos buscando el camino de vuelta a nuestros caballitos, nuestras casitas y los cuentos de antes de dormir. Sólo niños indefensos a los que nos han llevado de la casa de chocolate y caramelo a la mazmorra del ogro y la bruja.
Y me lo pregunto también ahora mientras, apoyado en una cámara, indiferente a los gritos histéricos del director de turno contra todo y contra todos, mis ojos no pueden separarse de la visión de tu escote, oculto sólo a medias por la bata, mientras te mueves como una reina en medio del plató.
- Qué manía la tuya, - me repito teniendo el cuidado de mantener las mandíbulas bien apretadas- de querer acabar solo y borracho en una barra de bar. Al fin y al cabo no eres más que una de las miles de vidas, de historias, de sueños o de quimeras que van a morir frente al frío acantilado de madera, ladrillo o zinc en cuya cima no ondean gallardetes de reinos perdidos, sino grifos de cerveza y etiquetas multicolores de bebidas. Aunque estandartes o licores vengan a significar lo mismo: imaginarios mundos por descubrir, explorar y recorrer, borrando las miserias y la monotonía que arrastramos cada día, y que llegamos a vislumbrar, por un instante, entre el alcohol que se disuelve en nuestras copas: La llegada a la Isla del Tesoro, al país de Fantasía o a las minas del rey Salomón. Inocentes sueños que la vida va transformando en sueños más húmedos o en psicotrópicas pesadillas.
- ¿Estáis dormidos? ¿Úrsula, terminas ya con el maquillaje o no?
La voz del director me devuelve a la realidad mientras un extraño olor a jazmines me envuelve.
Vuelvo a mirarte a los ojos, a tus profundos ojos. No se si es la luz del plató o mi propia imaginación, pero por un momento puedo ver mi imagen reflejada en tus pupilas, y aunque mi propia mirada ha perdido ya inocencia y pureza, sustituidas por deseo y por miedo, todavía me es posible apreciar un brillo que delata al niño que sigue buscando la lámpara maravillosa y a una niña a quien el príncipe calza por fin con el perdido zapato de cristal.
- ¿Estamos ya? ¿Listos?... ¡Acción!
Mecánicamente aprieto el botón de grabación.
Huele a jazmines... No lo había pensado antes, pero me gustan los jazmines. Me gusta mucho el olor a jazmines. ¿Olerá así cuando los fantasmas desaparecen?
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